Por: Beatriz Viteri Naranjo
La democracia no es solo un sistema político; es, ante todo, una forma de entender la vida en comunidad; es el acuerdo colectivo que reconoce que cada persona importa, que cada voz tiene valor y que el poder debe estar al servicio del bienestar común.
En los países donde la democracia se fortalece, también se fortalecen los derechos humanos, el derecho a una vida sin violencia y el respeto a la integridad personal. Estos principios no pueden existir de manera aislada: se sostienen entre sí y dan sentido a una sociedad más justa y humana.
La importancia de la democracia radica en que reconoce la dignidad de cada ser humano, permite la participación ciudadana, la libertad de expresión y el derecho a elegir a quienes gobiernan. Pero, más allá de los procesos electorales, la democracia se vive en lo cotidiano: en el respeto al otro, en la posibilidad de opinar sin miedo y en la confianza de que las instituciones existen para proteger, no para oprimir.
Un elemento esencial de la democracia es el derecho a una vida sin violencia. Vivir sin violencia no significa únicamente la ausencia de guerra o delincuencia; implica también vivir sin miedo, sin abusos, sin discriminación y sin humillaciones. La violencia puede manifestarse de muchas formas: física, psicológica, económica o simbólica. Cuando un Estado democrático funciona correctamente, reconoce estas violencias y trabaja activamente para prevenirlas, sancionarlas y erradicarlas. Una sociedad que tolera la violencia, especialmente contra los grupos más vulnerables, se aleja del espíritu democrático y debilita su tejido social.
En una democracia auténtica, el Estado tiene la responsabilidad de garantizar este respeto; las leyes, las instituciones de justicia, los sistemas de salud y educación deben estar orientados a proteger a las personas, no a controlarlas o silenciarlas. Cuando una persona denuncia violencia y es escuchada; cuando una víctima recibe apoyo y reparación; cuando se promueve la igualdad y se combate la discriminación, la democracia se hace real y cercana; no es un concepto abstracto, sino una experiencia que se siente en la vida diaria.
La democracia también educa; enseña que el poder no da derecho a dañar, que la autoridad implica responsabilidad y que la libertad va de la mano del respeto mutuo; requiere compromiso, participación y conciencia social.
Cuando una persona puede caminar sin miedo, expresar su opinión libremente y sentirse respetada en su dignidad, la democracia deja de ser una palabra y se convierte en una realidad compartida. Ese es el país que vale la pena construir, juntos, desde el respeto y la esperanza.










