TRADICIÓN
Se detiene el tiempo cada 6 de enero, porque la ciudad, esa misma que se levanta sobre la memoria, es el escenario vivo de una de sus expresiones de fe más valiosas, antiguas y multitudinarias, el Pase del Niño Rey de Reyes, una manifestación religiosa que se observa, se hereda, se celebra y se cree, las calles dejan de ser tránsito y son el camino sagrado. Los balcones, en miradores devotos. Y el ruido urbano se diluye entre rezos, danzas y promesas. Riobamba no asiste al Pase, Riobamba lo protagoniza.

La historia del Niño Rey de Reyes no se explica sin volver a 1797, año que marcó para siempre la memoria de esta tierra. El devastador terremoto que redujo a escombros a la Antigua Riobamba dejó muerte, ruina y desolación. Sin embargo, entre los restos, ocurrió un hecho que se explica con la devoción, la imagen del Divino Niño fue hallada intacta, ilesa, como si el desastre hubiese respetado su presencia. Desde entonces, la veneración no ha sido interrumpida. Generación tras generación, la imagen ha acompañado la vida de la ciudad reconstruida, caminando con su gente, escuchando súplicas, recibiendo gratitud y siendo testigo de una relación espiritual que trasciende el rito.
Para los creyentes, aquel hallazgo fue el primer milagro. Para los historiadores, un hecho que consolidó una tradición. Para Riobamba, el nacimiento de un símbolo. Durante décadas, la custodia del Niño Rey de Reyes recayó en la familia Mendoza Llerena, que asumió esta responsabilidad no como un privilegio, sino como un compromiso espiritual y cultural. Una tarea constante y profundamente respetuosa de la tradición. Hoy, esa custodia ha sido entregada por doña Margarita Llerena, viuda de Mendoza; a su hijo Eduardo Mendoza Llerena, quien junto a su esposa y la familia Mendoza Chávez continúa resguardando una herencia que no se mide en tiempo, sino en fe. Este relevo significa continuidad.
La tradición no se improvisa ni se delega al azar, se transmite con solemnidad, conciencia histórica y vocación de servicio. Cada año, el calendario espiritual inicia el 27 de diciembre, cuando comienza la Novena en honor al Niño Rey de Reyes. Nueve noches de preparación colectiva. El rezo, la reflexión de la Palabra y el encuentro comunitario convierten al Oratorio en un centro de convergencia donde la fe se renueva. El 4 de enero, la Novena concluye para dar paso a los primeros actos simbólicos, como el tradicional Desfile de las Antorchas, una peregrinación nocturna que ilumina la ciudad. Guiados por los Padres Franciscanos de la iglesia Loma de Quito. El 6 de enero, Riobamba despierta distinto, el Niño Rey de Reyes inicia su peregrinación hacia la iglesia San Antonio, donde los Reyes Magos lo esperan para rendirle adoración. Miles de riobambeños y visitantes se vuelcan a las calles. No es convocatoria institucional ni publicidad, es parte de la esencia riobambeña. Es la certeza de que el Niño del pueblo vuelve a caminar con su gente.
Más de 200 delegaciones organizadas participan en el recorrido, sin contar a los espontáneos, a los que se suman por promesa, agradecimiento o tradición familiar. La diversidad cultural se expresa con curiquingues, diablos de lata, sacha runas, payasos, perros danzantes, junto a delegaciones tradicionales de Cotopaxi, con sus vasallos, carishinas y la imponente presencia de la Mama Negra.

El Pase del Niño Rey de Reyes no excluye: integra. Convoca lo religioso y lo ancestral, lo urbano y lo rural, lo solemne y lo festivo. Mientras el Niño siga caminando con su pueblo, Riobamba seguirá encontrando motivos para creer y crecer.
Patrimonio vivo de la ‘Ciudad de las Primicias’
Esta celebración no es una postal folclórica ni un atractivo turístico común. Es un patrimonio de fe, construido desde abajo, sostenido por la comunidad y respetado por el tiempo. En Riobamba, la tradición camina. Cada Pase es distinto y, al mismo tiempo, fiel a su esencia. Cada año se renueva el pacto entre el pueblo y su Niño, sin duda el Niño Rey de Reyes no pertenece a una familia ni a una fecha. Pertenece a la ciudad, a su historia de ruinas y resurrección, a su crecimiento, incluso después del desastre. Y cuando vuelve a salir, cuando las calles se llenan y la fe se hace paso, Riobamba no solo recuerda quién es: expresa con más fuerza lo que nunca ha dejado de ser.

El Pase del Niño Rey de Reyes es, ante todo, un acto de devoción tangible. Cada danzante lleva algo más que un disfraz, carga una historia personal, una promesa cumplida o una súplica renovada. Hay quienes bailan año tras año como gesto de agradecimiento por la salud recuperada, el trabajo conseguido o la protección concedida a sus familias. Otros lo hacen como penitencia, convencidos de que el esfuerzo físico, el cansancio y la entrega total del cuerpo son formas legítimas de oración. En ese ir y venir de pasos, máscaras y ritmos, la fe se expresa en horas de ensayo, en trajes confeccionados y en la firme convicción de que danzar para el Rey de Reyes es una manera de cumplir la palabra empeñada ante lo sagrado.










