Taimados procesos disciplinarios

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Abelardo García Calderón

(Expreso)

el corregir a un estudiante se ha vuelto difícil porque al instaurar un proceso, al depender de plazos, términos y testigos, al necesitar de evidencias y pruebas incuestionables de lo actuado, este se dilata tanto que cuando llega la sanción, el niño -o el adolescente- ya olvidó la causa que motivó la corrección. La disciplina no se corrige con procesos judicializados porque son hechos sencillos los que la constituyen y motivan. Se erige sobre el bien o el mal actuar, sobre el buen o mal proceder, sobre el respeto o irrespeto, la sinceridad o la burla, el afecto o la prepotencia. No es llenándose de papeles como se forma a los alumnos, ellos esperan que los adultos tracen la cancha, que les digan lo que pueden y no pueden, lo que deben y no deben hacer.

¿Quién corrige a niños y jóvenes? Simplemente el que estuvo cerca, el que vio la falta, actuando con firmeza pero con consejo, con fortaleza pero con justicia. Los informes, las juntas, las citaciones a los representantes, las deliberaciones, solo los llenan de incertidumbre e inseguridad, a más de conseguir en el alumno que olvide el daño o la falta causados.

Hemos debilitado la autoridad del profesor y hemos puesto en la mente del alumno el criterio de que aquel que lo corrige lo daña, lo maltrata, lo marca… Hemos degradado la imagen de autoridad de directivos y rectores, pues por cualquier situación formal que debilite el proceso este puede caerse ante los ojos de las autoridades superiores.

Nadie mejor que el profesor que está junto al niño, nadie mejor que la autoridad institucional que lo cobija cada día, para saber lo que cada quien requiere y cómo debe amonestarse a cada estudiante, pues curiosamente no todos reaccionan de igual manera ante las sanciones. Para unos el no asistir a clases es una verdadera ¡fiesta! A otros, la vergüenza de no estar presentes y el hecho de no aprender les causará un dolor fuerte.

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