Por: Fedgar
Hablar de la música ecuatoriana es hablar de una identidad que no siempre se explica, pero que se siente. Es un lenguaje que no necesita traducción porque nace de la memoria colectiva, del paisaje y de la historia íntima de un pueblo diverso. La música, en el Ecuador, no es solo arte: es testimonio, resistencia y pertenencia.
Desde el pasillo melancólico hasta el sanjuanito festivo; desde el albazo que despierta madrugadas hasta el yaraví que acompaña el duelo, cada expresión musical encierra una forma de mirar la vida. En sus letras habita el amor contenido, la nostalgia del ausente, la dureza del trabajo y la esperanza que se niega a morir. Por eso la música ecuatoriana no se aprende únicamente en partituras; se hereda en la voz de los abuelos y en las celebraciones populares.
Sin embargo, esta identidad inefable ha sido, muchas veces, relegada a un segundo plano. En nombre de la modernidad y de los mercados culturales globales, la música nacional ha sido confinada a fechas conmemorativas, actos protocolares o espacios marginales. No por falta de calidad, sino por una débil política cultural que no ha sabido proteger ni proyectar lo propio.
La música ecuatoriana ha sobrevivido más por la terquedad de sus cultores que por el respaldo institucional. Músicos populares, compositores y gestores culturales han sostenido, con esfuerzo silencioso, un patrimonio que el Estado suele recordar solo en discursos. Mientras tanto, las nuevas generaciones crecen desconectadas de un legado que podría fortalecer su sentido de identidad y pertenencia. No se trata de oponer lo tradicional a lo contemporáneo. La música ecuatoriana es dinámica, dialoga con otros géneros y se reinventa sin perder su esencia. Lo que está en juego no es la evolución cultural, sino el olvido. Cuando un país desconoce su música, comienza a perder el relato de sí mismo.
Revalorizar la música ecuatoriana implica más que programarla en medios o incluirla en currículos escolares. Implica reconocerla como un acto de identidad viva, como una expresión que nos nombra incluso cuando no sabemos decir quiénes somos. En tiempos de fragmentación social, la música sigue siendo uno de los pocos espacios donde el Ecuador se reconoce como comunidad. Tal vez por eso la música ecuatoriana es inefable, porque no cabe en discursos ni en estadísticas. Se queda en la piel, en la memoria y en ese lugar íntimo donde la identidad no se razona, se siente. Y mientras siga sonando, el país seguirá recordando quién es, incluso en medio de sus incertidumbres.
Como soñar no cuesta nada, soñemos en que un ejército de voluntarios, se volqueen en aras de rescatar, potenciar y alentar la existencia misma, de la música ecuatoriana, identidad de la cultura nacional.









