No hay educación, sin responsabilidad de los actores
Por: Fedgar
La educación atraviesa una crisis que no se explica únicamente por la falta de recursos, infraestructura o reformas inconclusas. El problema es más profundo y, a la vez, más incómodo; hemos diluido la responsabilidad de los actores que la sostienen. En nombre de derechos mal entendidos, se ha debilitado el compromiso ético de quienes enseñan, aprenden, acompañan y gobiernan el sistema educativo.
Durante años se ha pretendido resolver los problemas educativos desde decretos, planes y discursos, olvidando que la educación es, ante todo, un acto humano. Docentes, estudiantes, familias y autoridades no son piezas aisladas, sino corresponsables de un proceso que exige esfuerzo, coherencia y consecuencias. Cuando uno falla y los demás miran hacia otro lado, el sistema entero se resiente.
El docente ha sido cargado, injustamente, con responsabilidades que exceden su rol, pero también ha sido despojado de la autoridad necesaria para ejercerlo. Enseñar sin respaldo institucional, sin respeto social y sin herramientas para exigir disciplina es una tarea condenada al desgaste. No puede haber educación de calidad cuando el maestro es cuestionado por corregir, pero abandonado cuando necesita apoyo. La responsabilidad estudiantil también ha sido relativizada. Se ha instalado la idea de que exigir esfuerzo es una forma de exclusión y que la exigencia académica vulnera derechos. El resultado es una cultura de mínimos, donde aprobar importa más que aprender y donde el error no se corrige, se justifica. Educar no es complacer, es formar criterio, carácter y compromiso.
La familia, primer espacio educativo, ha ido cediendo su rol formador. Muchos padres delegan la educación integral a la escuela, olvidando que ningún sistema puede sustituir el ejemplo cotidiano, los límites y el acompañamiento responsable. Cuando el hogar renuncia a su tarea, la escuela queda sola frente a desafíos que la desbordan. El Estado, por su parte, suele reaccionar con reformas apresuradas, evaluaciones inconexas y discursos optimistas que poco dialogan con la realidad de las aulas. Sin políticas sostenidas, inversión coherente y respeto a la comunidad educativa, toda transformación se vuelve superficial.
Como soñar no cuesta nada, debemos convenir en que, no hay educación sin responsabilidad compartida. No hay calidad sin exigencia, ni inclusión sin compromiso. Una sociedad que quiere educar sin asumir costos está condenada a reproducir la mediocridad que luego critica.
Educar es un acto de corresponsabilidad social. Y mientras sigamos buscando culpables en lugar de asumir roles, la educación seguirá siendo una promesa pendiente y no el cimiento del futuro que decimos anhelar.






