SOÑAR NO CUESTA NADA…

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¿Debemos festejar o lamentar lo que ocurre en Venezuela?

Por: Fedgar

Lo que sucede en Venezuela, no es un hecho ajeno ni una noticia lejana para el Ecuador. Cada decisión política tomada en Caracas, cada crisis institucional, cada estallido social o aparente estabilidad tiene consecuencias que cruzan fronteras. Por eso la pregunta no es superficial ni retórica: ¿debemos festejar o lamentar lo que ocurre en Venezuela?

Algunos celebran cualquier golpe al régimen venezolano como una victoria automática de la democracia. Otros lamentan el sufrimiento prolongado de un pueblo que lleva años atrapado entre el autoritarismo, la crisis económica y la desesperanza. Ambas miradas, aisladas, resultan incompletas. Porque reducir la tragedia venezolana a una simple contienda ideológica es desconocer su dimensión humana y regional.

Para el Ecuador, Venezuela no es solo un referente político; es una realidad palpable. Más de medio millón de venezolanos han llegado a nuestro país buscando lo que su tierra ya no pudo ofrecerles: trabajo, seguridad, dignidad. Su presencia ha enriquecido culturalmente al Ecuador, pero también ha puesto a prueba un Estado frágil, incapaz de diseñar políticas migratorias serias y solidarias. Lo que ocurre en Venezuela se siente en nuestras calles, en nuestros servicios públicos y en nuestro mercado laboral.

Festejar el colapso venezolano sería un error moral y político. Ningún país debería celebrar la ruina de otro, menos cuando esa ruina se construye sobre el dolor de millones. Pero lamentarlo sin extraer lecciones también sería irresponsable. Venezuela es una advertencia viva de lo que ocurre cuando se destruyen las instituciones, se concentra el poder y se reemplaza la democracia por la propaganda.

El Ecuador haría mal en mirar a Venezuela con soberbia o con distancia. Nuestra historia reciente demuestra que no somos inmunes a la tentación del caudillismo, al debilitamiento de la justicia ni al uso político del discurso social. Lo venezolano no es un accidente exótico; es un riesgo latinoamericano. Más que festejar o lamentar, el Ecuador debería reflexionar. Reflexionar sobre la importancia de la alternancia, del respeto a la ley, de la independencia de poderes y del valor de la prensa libre. Reflexionar, también, sobre la necesidad de una política exterior coherente, que defienda la democracia sin dobles discursos ni cálculos coyunturales.

Venezuela no necesita espectadores que celebren su desgracia ni vecinos indiferentes a su tragedia. Necesita una región que aprenda de su dolor y que no repita sus errores. El Ecuador, en particular, debería mirarse en ese espejo con humildad.

Como soñar no cuesta nada, si algo nos enseña la experiencia venezolana es que ningún país está condenado de antemano, pero tampoco ninguno está a salvo. Y cuando la democracia se erosiona poco a poco, casi sin ruido, el derrumbe suele llegar cuando ya es demasiado tarde para festejar o lamentar, solo queda resistir.

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