SOÑAR NO CUESTA NADA…

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¿Qué anhelamos los ecuatorianos en el 2026?

Por: Fedgar

Los ecuatorianos no llegamos a un nuevo año cargados de ilusiones desbordadas, sino de esperanzas cautelosas. Hemos aprendido, a fuerza de decepciones, que el futuro no se construye con promesas grandilocuentes, sino con gestos concretos y decisiones responsables. El año 2026, en sí, se asoma como una página en blanco, pero no como una página ingenua.

Anhelamos, ante todo, vivir sin miedo. Miedo a salir de casa y no regresar, miedo a que la violencia se convierta en norma, miedo a que la inseguridad marque el ritmo de la vida cotidiana. No pedimos milagros, pedimos tranquilidad. Que la paz deje de ser un privilegio y vuelva a ser un derecho compartido.

Anhelamos justicia, pero no una justicia retórica, sino una que funcione, que sea oportuna, independiente y humana. Queremos leyes que se cumplan y autoridades que las respeten. Queremos sentir que el esfuerzo honesto vale la pena y que la impunidad no es el destino inevitable del país. Sin justicia, cualquier proyecto colectivo se vuelve frágil.

En lo económico, el afán es simple y profundo: estabilidad. Trabajo digno, ingresos que alcancen, oportunidades reales para los jóvenes y seguridad para los adultos mayores. No se trata solo de cifras macroeconómicas, sino de la posibilidad concreta de planificar la vida sin la angustia constante de la incertidumbre.

También aspiramos un país menos dividido. El cansancio frente a la confrontación permanente es evidente. Queremos diálogo, acuerdos mínimos, respeto por la diferencia. No aspiramos a pensar igual, sino a convivir sin descalificarnos. El Ecuador necesita reencontrarse consigo mismo antes de seguir perdiéndose en sus propias fracturas.

En el ámbito social, el deseo es recuperar la confianza. Confianza en las instituciones, en los liderazgos y, sobre todo, entre ciudadanos. Sin confianza, la sociedad se paraliza y se repliega en el individualismo. Con ella, en cambio, se vuelve posible imaginar proyectos comunes.

Pero hay un anhelo más íntimo y silencioso: el de la dignidad. Dignidad para trabajar, para educarse, para envejecer, para soñar. Dignidad para no sentirse sobrante en su propio país. Ese anhelo atraviesa todas las demandas y les da sentido.

Como soñar no cuesta nada, esperamos que el 2026 será distinto, si aprendemos a exigir sin destruir, a participar sin fanatismos y a cuidar lo poco que aún nos sostiene como comunidad. Los ecuatorianos no anhelamos un país perfecto; anhelamos uno posible, justo y humano.

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