ÁFRICA
La final de la Copa Africana de Naciones dejó una cadena de decisiones arbitrales que tensaron el límite mismo de la competencia. Senegal levantó su segundo trofeo continental, sí, pero lo hizo en un contexto en el que el fútbol quedó cerca de ser desplazado por la controversia.

El duelo ante Marruecos, fue una final poco común en el deporte rey, por cómo el desarrollo del partido fue alterándose a partir de la intervención arbitral. El juez, Pierre Atcho tomó decisiones que condicionaron el ánimo, el ritmo y el desenlace del compromiso. El punto de quiebre llegó cuando una acción ofensiva que parecía legítima fue invalidada.
En finales de este calibre, una decisión así se amplifica, se magnifica, siendo incluso un detonante emocional. La Copa Africana de Naciones, estuvo cerca de ofrecer al mundo una postal impropia de su historia. El desenlace, ya en tiempo extra, encontró a Senegal más entero y terminó por inclinar la balanza a su favor.
El gol que selló el título fue celebrado con alivio por evitar una mancha mayor en el torneo, alivio por volver a centrar la atención en el fútbol. Cuando el árbitro se convierte en protagonista y el reglamento parece interpretarse a conveniencia, el espectáculo pierde legitimidad. Senegal es campeón, y su título es válido. Pero la Copa Africana de Naciones se despide con una deuda pendiente.










