Salir de los extremos

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Por: César Ulloa

Es un acto de coraje intelectual salir de la polarización, porque es contraria a la zona de confort, ese espacio en donde las voces alternativas se callan por miedo a los polos, al ataque de la barbarie. Correrse de los extremos significa no escoger lo menos malo por estar en contra de un algo o de un alguien, más bien implica una propuesta que se diferencie de quienes viven de la división. La polarización es la estrategia de los extremos, porque garantiza que cohabiten en el mismo espacio de poder político los supuestos enemigos. Uno depende del otro para sobrevivir. No podemos seguir en la ingenuidad y, peor aún, alimentando a la bestia.

Cuando hablo de la bestia, me refiero a esa polarización que obstaculiza la razón, extravía la mirada, descompone el clima social. No distingue razones, porque quiere, únicamente, descalificar, no proponer. Es un negocio que beneficia a dos bandos, quienes nos venden todos los días pan y circo. En ese sentido, convierten la política en un ring y anulan cualquier espacio de deliberación plural. A los extremos no les conviene una tercera voz, porque el poder está repartido, pese a las falsas apariencias de disputa. El populismo, por ejemplo, hace uso de este recurso, porque es una falsa representación del pueblo, al cual lo coloca siempre en contra de alguien o algo.

El mundo vive un escenario exacerbado de broncas, debido a una polarización fabricada a la medida de los intereses de quienes la ponen en escena. Los temas son diversos, polémicos, trabajan en la manipulación de las emociones. Todo pasa por temas religiosos, nacionalismos, fanatismos, además de las prácticas de los autoritarismos, populismos, fascismos. La polarización es camaleónica, porque se muta fácil y coyunturalmente, siempre que se trate de preservar sus intereses y capitalizar la ingenuidad.

En las últimas tres elecciones generales, Ecuador fue a las urnas en un contexto de polarización. La bestia, como denomino a este fenómeno, se tomó la conversación cotidiana. Sustituyó la razón por el espectáculo. La política se transformó en pugilato, en donde los golpes entre unos y otros solo terminan afectando a la sociedad.

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La sociedad carente de sentido

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