Por: Fedgar
Con bombos y platillos los riobambeños, hace quince años, recibimos la gran noticia, de que la Sultana de los Andes, se convertía en “Ciudad Universitaria y Tecnológica”. Pues, la distinción buscaba reconocer el papel creciente de la ciudad en la educación superior y promover inversiones en investigación, innovación y vinculación con el sector productivo. Sin embargo, a más de una década, para muchos habitantes y actores locales esa categoría ha quedado, en buena medida, como un membrete formal, pero con escaso efecto trasformador en la realidad cotidiana.
Desde la declaración, las instituciones de educación superior presentes en Riobamba, tanto públicas como privadas, han consolidado matrículas, ampliado carreras y aumentada producción académica básica. La ESPOCH, Universidad Nacional de Chimborazo, EL Instituto Tecnológico Superior República de Alemania- ISTRA; así como, varios institutos técnicos y tecnológicos, han registrado incrementos en oferta y estudiantes, lo que refuerza la identidad universitaria.
No obstante, ese crecimiento académico no se tradujo plenamente en un ecosistema tecnológico local robusto. Las iniciativas de transferencia tecnológica, creación de parques científicos o incubadoras empresariales a gran escala no prosperaron con la intensidad esperada. En la práctica, la vinculación universidad-empresa sigue siendo limitada y, en muchos casos, fragmentada.
Uno de los principales obstáculos ha sido la falta de inversión sostenida en infraestructura vinculada a Investigación, Desarrollo e Innovación. Laboratorios equipados, centros de innovación y espacios de coworking o incubación requieren recursos tanto públicos como privados; en Riobamba dichos recursos han sido intermitentes o insuficientes. Programas nacionales dirigidos a ciudades bandera concentraron apoyos en otras regiones, y la gobernanza local no logró articular fondos, proyectos y actores con la velocidad necesaria.
Municipio, prefectura, universidades y cámara de comercio presentaron en distintos momentos planes y convenios para fortalecer la relación universidad-empresa y atraer emprendimientos tecnológicos. Sin embargo, muchos proyectos quedaron en fases conceptuales, con debilidades en planificación, seguimiento y continuidad entre administraciones. La ausencia de una hoja de ruta consensuada y de indicadores públicos dificulta medir avances reales.
Como soñar no cuesta nada, debemos convenir en que, para la ciudadanía, la etiqueta de “ciudad universitaria y tecnológica” tuvo un impacto simbólico útil para la imagen local, pero menos en la generación de empleos tecnológicos de alta calidad. Jóvenes graduados a menudo migran a otras ciudades en busca de oportunidades laborales o de emprendimiento. A la vez, emergen iniciativas locales pequeños emprendimientos digitales, talleres de programación y laboratorios comunitarios, que muestran potencial, aunque con alcance limitado.







