RETÓRICAS REPELENTES

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Víctor Corcoba

No me gustan esas gentes que imprimen a su paso un lenguaje incendiario destructivo. Por mucha retórica que se utilice, la falsedad nos destruye nuestra alentada existencia. No olvidemos que la evidencia siempre triunfa por sí misma. Por tanto, a las cosas hay que llamarlas por su nombre. A mi juicio, hay que poner techo en algunas actitudes. Ya está bien de esparcir veneno hacia aquellas personas que piensan diferente a nosotros. Un respeto, por favor. Cuidado con el odio sembrado, tan de moda en esta época, por cierto extendido como la pólvora a través de las diversas redes sociales, pues este modo de proceder engañando, de confundirlo todo, lo que genera es un ambiente trágico de violencia y crueldad que nos acaba devorando como especie. En consecuencia, todos estamos llamados a promover otras miradas más auténticas, otras visiones más verídicas, también a pronunciar otros discursos menos vengativos, para poder defender aquellos valores que nos unen, y así también poder cimentar una sola familia humana que, como tal,  no tiemble de frío.

El vínculo que nos une no es tanto de sangre, sino de respeto y de consideración. No lo tenemos fácil. La cordialidad brilla tantas veces por su ausencia, que los calvarios se acrecientan porque las generaciones actuales  no se respetan ni así mismas. Como jamás, cultivamos retóricas verdaderamente repugnantes, que nos dejan sin palabras. Musulmanes asesinados a tiros en mezquitas, judíos baleados en sinagogas, cristianos disparados en oración, niños a los que se les extermina hasta su propia inocencia, mujeres a las que se les impide pensar en igualdad con los hombres, individuos a los que se les reprime manifestarse de forma pacífica, ciudadanos a los que se les coartan sus sueños de transformar la economía mundial y crear un mundo en el que las empresas puedan avanzar de forma sostenible satisfaciendo al tiempo las necesidades de los más vulnerables… Podríamos continuar enumerando nuevas realidades que nos abochornan y repelen. Ante estas situaciones no cabe otra que la unión y la unidad, lo que requiere de cada uno de nosotros salir de ese estado de confusión por el que a veces transitamos, queriendo o sin querer, pues la paz necesita de otros lenguajes más del corazón, emanados del naciente de la verdad.

Indudablemente, si queremos contribuir al cambio de comportamiento, no puede quedar nada impune,  lo que nos exige reconstruirnos bajo otros espacios más equitativos, mediante un clima de sinceridad que movilice nuestras propias energías hacia el encuentro con el prójimo, hasta hacerlo próximo a cada cual. En efecto, todos estamos llamados a ser comunidad, y en esto la fuerza de lo armónico, es primordial. Nunca habrá sosiego entre análogos si cultivamos la hipocresía como diálogo, y este conversar lo adoctrinamos a nuestro antojo. Pensemos que la certeza es única como únicos somos también nosotros, y que es verdaderamente lo que nos acerca. Quizás tengamos que regresar, una vez más, a ese aliento que nace del propio devenir de las cosas  para poder entendernos y, bajo esta potestad de familia pensante, poder decidir racionalmente entre tanta diversidad. Ahora bien, hay que estar alerta, con esa atmósfera de manipuladores que nos gobiernan a veces, pues su fuerza es realmente demoledora.

No hay ninguna religión, y cito al Papa Francisco que continuamente lo recuerda, ya sea el islamismo o el judaísmo, que promueva la violencia, así que quienes cometen esos crímenes, esos denominados líderes religiosos, son sencillamente falseadores, sociedades sin escrúpulos que han hecho de la simulación su propio árbol del edén. Esto se ha extendido tanto en las colectividades actuales, sobre todo en ciertos líderes políticos, que algunos seres humanos son tan dobles que ya no son conscientes de que piensan justamente lo contrario de lo que dicen. Ojalá nos despojemos de la malicia de la apariencia y hallemos otro pulso, más níveo, al menos el de la poesía, que será una buena manera de dejarse abrazar por lo genuino. Téngase en cuenta que todo ser humano está  influenciado por su propio ambiente, y que lo primordial es encontrarse con uno mismo a través de los cuidados y del amor de los demás. Al fin y al cabo, todos somos un pedazo de alguien metafóricamente y, asimismo, un trozo del universo. En consecuencia, en lugar de estas retóricas repelentes que, personalmente me agotan, prefiero la estética de la moral que al menos nos corrige y nos hace sentir bien.

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