Probidad y justicia: cuando la rectitud define la credibilidad institucional

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Por: Beatriz Viteri Naranjo

La probidad no es un término vacío ni un concepto meramente jurídico; es la esencia de la rectitud en la conducta de quienes ejercen funciones públicas. En el ámbito judicial, esta virtud se convierte en un requisito indispensable, porque un juez no solo aplica leyes, también sostiene la confianza colectiva en la justicia. Ser probo significa no venderse, no acomodarse a conveniencias pasajeras, aunque hacerlo parezca más sencillo. Es actuar con integridad, incluso cuando el camino recto resulta incómodo.

La crisis de la justicia en Ecuador no se explica únicamente por leyes mal redactadas, o por falta de recursos; su raíz más profunda está en la conducta de ciertos jueces que han olvidado el peso humano de su función. Aquellos jueces que contestan llamadas telefónicas en plena audiencia, que miran el reloj con impaciencia mientras alguien expone su verdad, o que resuelven con ligereza asuntos que afectan la vida entera de una persona.

Una audiencia no es un trámite administrativo más; es un espacio donde se juegan derechos, dignidad; y, en muchos casos, el futuro de alguien. Cuando un juez actúa con desinterés o displicencia, envía un mensaje devastador: “su problema y su verdad no importa”. Ese mensaje no solo se queda en el expediente, se queda en la memoria de quien buscó justicia y no la encontró; contrario al trato indulgente que recibe el demandado, que cuenta con poder económico, político o institucional. La balanza deja de inclinarse hacia el derecho y se acomoda a la conveniencia.

Es cierto que no se puede generalizar; existen jueces honestos y comprometidos que trabajan con ética y responsabilidad. Pero también hay quienes han normalizado prácticas que vacían de sentido al proceso judicial, con sentencias mal motivadas, decisiones absurdas, favoritismos silenciosos y una preocupante falta de empatía. Esa normalización es peligrosa porque convierte la excepción en regla y la injusticia en rutina.

La probidad judicial no es un concepto abstracto; es escuchar con atención, valorar todas las pruebas, explicar las decisiones con claridad y resolver sin miedo ni favoritismos. Es comprender que detrás de cada expediente hay personas reales, con historias y sufrimientos, no simples números ni cargas laborales. Cuando un juez carece de probidad, no solo incumple su deber legal; traiciona la confianza pública.

Los jueces que se doblegan ante el poder traicionan la esencia misma de la probidad judicial; ya que, sus fallos complacientes no solo distorsionan la justicia, sino que abren la puerta a privilegios indebidos, donde familiares terminan ocupando puestos en las instituciones favorecidas. En ese momento, la justicia se convierte en una moneda de cambio, un recurso al servicio de intereses particulares.

Estas conductas no se quedan en un caso aislado, generan un efecto dominó: la gente deja de creer en la justicia, deja de denunciar, deja de acudir a los tribunales; se convence que demandar es perder tiempo, de que el poder siempre gana, de que la verdad importa poco; así, la justicia se debilita desde dentro, sin necesidad de ataques externos.

Hablar de un cambio en la justicia ecuatoriana implica hablar de depuración ética; significa preguntarse cuántos jueces están en el cargo por mérito y cuántos por conveniencia. Significa exigir evaluaciones reales, sanciones efectivas; y, sobre todo, construir una cultura judicial basada en la responsabilidad y el respeto.

Un juez no necesita ser perfecto, pero sí honesto y valiente. Valiente para fallar conforme a derecho, incluso cuando la decisión incomoda al poderoso. Valiente para reconocer el valor de la palabra de quien nunca ha tenido voz. Valiente para recordar que su autoridad no proviene del cargo, sino de la legitimidad de sus actos.

La justicia no se reforma con discursos ni con leyes nuevas; se transforma cuando quienes la administran entienden que su rol es servir al derecho y no al poder. Mientras existan jueces que resuelven con desdén, que no escuchan y que favorecen al más fuerte, la justicia seguirá siendo una promesa incumplida.

Sin jueces probos, la justicia no cambia; solo se disfraza.

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