Parque ecológico Monseñor Leonidas Proaño

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Franklin Cepeda
Franklin Cepeda

Franklin Cepeda Astudillo

Tras meses de no haber visitado el prenombrado espacio, volví a recorrerlo; con sentimientos encontrados,acudí también a la instalación contigua, en que se acogen perros y felinos, tiernos y veteranos, a la espera de adopción; ¿cuántos de esos inocentessin raza ni genealogía, encontrarán humanos dispuestos a darles amor, pan y abrigo? Tema complejo, mucho más en momento en que parece entenderse, menos en los hechos que en el discurso, que el maltrato a los animales no es actitudni práctica inocente. Enhorabuena, de todas formas, por quienes cuidan este espacio, así como por las personas y familias que se han mostrado compasivas y solidarias hacia esas criaturas.

Avanzando en mi recorrido,advertí una notable frondosidad en los árboles del lugar, otrora exiguos; pensé entonces en los árboles de distinto follaje que sembró Leonidas Eduardo Proaño Villalba (1910–1988), cuyo nombre, según creo y entiendo, es la denominación originalmente dada al parque, aunque la efigie que lo representa, bulto de cemento y broncede limitada factura, se luzca junto a otras enun estado de inconclusión y abandonoque pareceríahacer parte de un deliberadoy ya añoso proceso de relegamiento de memoria, de allí que en el uso diario tiendan a aflorar denominaciones menos “polémicas” como “parque lineal Chibunga”, cuya legitimidad la podría esclareceruna lectura crítica de ordenanzas, disposiciones y publicaciones, sin olvidar testimonios vivenciales al respecto.

A fines del siglo pasado, cuando el conjunto escultóricoaún estaba en maqueta, dialogué con su autor, Miguel Yaulema, mejor dibujante y pintor que escultor, de quien supe fue originalmente pensado parasu emplazamiento en la entrada norte de Riobamba, declinándose este espacio en favor de otro representamende su autoría, el de Edelberto Bonilla, personaje deejecutoriassobredimensionadas, y grosero bulto finalmente reubicado un lugar más visible; no ha faltado la sal riobambeña que vea en su monstruosaextremidad superior una jocosa y a la vez nítida alegoría delos políticos y el “lleve”.

La destrucción de la memoria social no solo supone la quema o el arrinconamiento de archivos y materiales impresos, sino que comprende también la destrucción, o el abandono, de monumentos asociados a la historia de una sociedad;se impone tomar acciones al respecto a fin de que la agencia de Leonidas Proaño, independientemente de que comulguemos o no con sus ideas, sea puesta en valor, lo mismo quela memoria de otros actores cuyas agencias, con la perspectiva que da el tiempo, sí se revelanplausibles y aportantes a los procesos históricos, sociales, culturales y urbanos de nuestro entorno. Frente a monumentos, denominaciones y otras formas de perennización culminadas desde discutibles vanidades e intereses sectarios o familiares, es imperativo pensar y repensar en los referentes que se imponen a una colectividad a la que, pese a todo afán,solo se podrá mantener engañada por un tiempo, pero no por todo el tiempo.

El memoricidio, término acuñado por el historiador croata Mirko Gmerk, alude a la destrucción intencionada de la memoria; si la guerra, en sus palabras, “tiene como objetivo apoderarse de bienes, personas y territorios, también necesita borrar la memoria del otro, sus recuerdos, las razones que sustentan su identidad y lo empujan a resistir, a luchar, a vivir”, de ahí que el memoricidio, crimen de lesa humanidad que puede tener lugaraun en tiempos de paz, sea “a la vez objetivo y estrategia de guerra”. El paso de los años, esperamos y confiamos, terminará de dejar en claro cuantas mentiras se han dicho y se dicen en nombre de la historia y la memoria o cuantos silencios y memoricidios se han perpetrado o se han consumado con similares motivaciones; que nadie se sienta a salvo de las miradas de observadores que, no por actuar con buena fe, dejaremos de ser críticos de cuanto acontece.

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