Monumentos: de la vergüenza ajena al bien habido mérito

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Franklin Cepeda Astudillo

Si bien los orígenes de los monumentos, entendidos como elementos de conmemoración o recuerdo, se remontan a milenios atrás, en nuestro medio apenas van bordeando el siglo, pero dejan ya suficiente materia como para emitir, si no es que para proseguir, con alguna consideración crítica al respecto. El monumento, según atisbamos, se justifica como se justificaba una problemática, pero no menos oportuna definición de la historia, esa que la definía como el recuento de los hechos “dignos de recordarse”, confrontándonos así con una carga de subjetividad que fácil e inmediatamente lleva a preguntarnos con respecto a lo representado en el monumento: ¿memorable en función de qué? ¿memorable para quién? ¿memorable hasta cuándo?

La perspectiva temporal, sin encarnar una recurso infalible, suele dar luces para emitir juicios más serenos y decantados; cuando los años han pasado y las circunstancias, tráfagos y pasiones que envolvieron los orígenes de un memorial se han calmado, es menos conflictivo pronunciarse y llegar al menos a elementales acuerdos y entendimientos, pero, cuando las circunstancias que dieron lugar al recordatorio de bronce, mármol o piedra están frescas, suele ser más problemático, incómodo, riesgoso inclusive, el cuestionar o impugnar la erección, aunque también, puertas adentro, suele ser más sencillo hacerlo, más aún si se cuenta con interlocutores críticos y ha habido ocasión de conocer y hasta tratar con quien tras su muerte, o incluso antes de ella, ha terminado siendo representado en buena o indigente efigie.

Dadas estas consideraciones, y no sin profunda congoja, debo lamentar que desde nuestra realidad y nuestro presente se envíen a la posteridad muy deprimentes testimonios de lo que se tiene por digno de representarse o perennizarse en un monumento, en una calle, en un campus universitario, en un aposento politécnico…, de ahí que me conforte la esperanza de que cuando las pasiones se sosieguen, cuando los alabarderos, promotores o mantenedores de lo trasuntado o impostado en un monumento cumplan su ciclo, y se someta a juicio lo representado, con discreción, lo mismo que con ruido, más de un monumento habrá de ser retirado, demolido, pulverizado y más de una calle, dependencia o locación rebautizada.

Si al ser humano se ha de conocer por sus obras, más de un ilustre contemporáneo de aldea no superará la inclemente y garrotera prueba del tiempo y sus acciones legislativas, sus cuartillas, su ejemplo, su prepotencia, su mediocridad, su insignificancia, el pomposo o risible discurso que legitimarlo pretende… fácilmente han de irrumpir como las mejores y más contundentes pruebas y argumentaciones para entonces situarlos en su justa dimensión y, sin dejar de sentir repugnancia y asombro por el pasado, retirarlos del espacio público por constituir referentes de vergüenza ajena, del vacío por antonomasia, y sin más hazaña que haberse acabado sin por tal demostrar que necesariamente exista vida antes de la muerte.

En otros casos, –y por qué no enviar a la posteridad una línea de optimismo–, se hará también justicia a la inversa; no se subsanará cabalmente ningún desafuero, indiferencia ni arbitrariedad cometida en vida del homenajeado, pero, como mínimo acto de reparación, se pondrán en valor legados en verdad trascendentes y dignos de recordación; se reemplazará la mediocridad, la chapucería o la insignificancia por el mérito bien habido; se retirará de la pública mirada lo pintoresco, lo vergonzante o lo adefesioso y se dimensionará con menor margen de error el ejemplo eminente y sustentado. Entonces la ciudad de San Pedro de Riobamba sabrá que fue la cuna de un pensador llamado Bolívar Echeverría Chiriboga, quien no necesita monumento alguno: con sus libros basta y sobra.

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