Manejan como salvajes

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Pablo Cuvi

(El Comercio)

La semana pasada, cuando criticaba al sistema político de EE.UU. que no mueve un dedo para controlar la venta de armas, veía solamente la paja en el ojo ajeno sin reparar que ese fenómeno es minúsculo comparado con la sistemática matanza de gente humilde en las carreteras de nuestro país. Homicidios culposos, según los fiscales, perpetrados por esos choferes de buses cuya irresponsabilidad e impericia, sumadas al machismo, el cansancio y la falta de control de las unidades y de las licencias, los vuelven más peligrosos que un psicópata gringo con un rifle de asalto.

El accidente de esta semana, que aconteció en el tramo de Cascol a Jipijapa, no sorprendió a nadie, y menos que a nadie a este servidor que estuvo a punto de marcar calavera allí mismo hace unos 20 años. Cualquiera ciudadano de a pie que sube a un bus interprovincial sabe que se está jugando la vida; sin embargo, obligado por la necesidad, había tomado un bus de Guayaquil a Manta…

En otra ocasión subimos en el Vitara de la Paula desde la playa hasta el borde de la carretera que va a Jama, por la que venía a gran velocidad un bus de pasajeros de color verde. El chofer perdió el control y embistió a la pared de bloque que hacía esquina con el camino donde estábamos nosotros; si apuntaba unos metros más adelante nos pegaba de lleno y no contábamos el cuento…

 ¿A dónde quiero llegar? A que esa forma de manejar, de evadir controles y huir de sus responsabilidades es producto de una cultura del abuso y la prepotencia que se manifiesta a todo nivel. Manejamos como vivimos. Por ello, es lógico deducir que esos tipos conducen sus buses con la misma audacia sin escrúpulos con la que Capaya manejó la refinería, Espinosa quebró el Seguro Social y Correa, Rivera y De la Torre botaron jodiendo la economía.

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