La llegada de la selección ecuatoriana a la capital española no pasó desapercibida, cientos de compatriotas volcados a las afueras del predio del CD Leganés, con banderas y cánticos. El primer entrenamiento del equipo tuvo un marco no habitual para una práctica. La comunidad ecuatoriana en Madrid respondió con una intensidad que sorprendió incluso a los futbolistas, lo que se vivió fue una demostración de pertenencia.

Este respaldo masivo en el exterior contrasta con ciertas tensiones que la selección ha arrastrado, cuestionamientos al funcionamiento, dudas sobre la propuesta futbolística y una irregularidad que todavía no termina de disiparse, el calor recibido en Madrid funciona como un impulso anímico, pero también como un recordatorio de la responsabilidad que implica representar a millones que ven en el equipo algo más que fútbol, el encuentro ante Marruecos, aparece como una oportunidad para afinar ideas, consolidar un estilo y ofrecer señales de evolución bajo el mando de Beccacece.
Porque si bien el respaldo popular es incuestionable, el crédito deportivo sigue en construcción. La cercanía entre hinchas y futbolistas, al final de la práctica, dejó imágenes de camisetas extendidas esperando una firma, teléfonos en alto capturando el momento y el bus tricolor rodeado por una multitud que no quería irse sin expresar su apoyo.
La historia muestra que el cariño de la hinchada, por sí solo, no garantiza resultados, se necesita una idea clara, ejecución y una identidad que gane partidos, lejos de los cánticos y las banderas, es donde La Tri deberá demostrar que ese amor multitudinario tiene correspondencia en su juego. Porque el aplauso emociona, pero también exige, y Ecuador, hoy más que nunca, tiene la obligación de responder.










