Artículo escrito por: Carlos Freile
Los ecuatorianos estamos muy orgullosos de nuestro país, y con razón, por sus bellezas naturales, por su variadísima gastronomía, por sus artistas de primer nivel, por su biodiversidad única… En realidad vivimos en un rincón increíble del planeta. Pero, siempre hay un pero, a lo mejor no sentimos tanta satisfacción cuando nos fijamos en nosotros mismos, en ciertas circunstancias casi inexplicables o directamente extravagantes.
Venga un ejemplo: hace siete u ocho días, una de las carreteras más transitadas de Ecuador, si no la más, la vía Alóag-Santo Domingo se cerró al tráfico vehicular porque un pueblo festejaba sus fiestas de parroquialización. Se me dirá que se trató de un cierre de pocas horas, que los vecinos tienen derecho a sus días de esparcimiento, los cuales, además, dinamizan la economía. Llamo la atención sobre el hecho de que no se trata de un camino vecinal, por el cual transita una vieja camioneta de vez en cuando, sobre todo al amanecer y al atardecer; en esta vía pasan miles de vehículos cada día y su tráfico es pesado sin festejos pueblerinos, tanto más que desde hace años se halla en proceso de ampliación.
Para mayor incredulidad se debe anotar la ausencia de avisos en la carretera misma, con las correspondientes instrucciones para tomar otras rutas, avisos que deberían ponerse con días de anticipación. Para descargo de las autoridades del pueblo de marras, reconozco que esta falencia se da también en la capital de la República, con una que otra excepción aleatoria.
Dicen que “mal de muchos consuelo de tontos”, por eso tomaré un atajo para consolarme de la increíble capacidad de los ecuatorianos de hacer cosas raras, me referiré a una noticia aparecida en las redes sociales, de la cual no puedo dar la certeza de su veracidad, pero si gozase de esta cualidad, sería muestra de que “en todas partes se cuecen habas, y en mi casa a calderadas”: leo que la Unión Europea ha multado con un montón de millones de dólares a una red social porque sus usuarios habrían podido creer que el Pato Donald es una persona real. No se trataba de un hecho sucedido, sino de una posibilidad, nacida, qué duda cabe, en la mente afiebrada de los burócratas. Es cierto, aquí cerramos carreteras para desfilar y bailar por ellas, allá clausuran la inteligencia para mejor dominar a la gente común y domesticar a quienes se atreven a pensar con su cabeza.










