Las tecnologías: ¿Una verdadera esperanza para el desarrollo del país?
Artículo escrito por: Fedgar
Desde la realidad ecuatoriana, la palabra tecnología se ha convertido en sinónimo automático de progreso. Se la invoca como solución mágica para la educación, la economía, la seguridad y la productividad. Pero más allá del entusiasmo y las promesas oficiales, cabe preguntarse con honestidad: ¿las tecnologías constituyen una verdadera esperanza para el desarrollo del país o solo un espejismo moderno?
La tecnología, por sí sola, no transforma realidades. Es una herramienta, no un proyecto de nación. Su impacto depende de cómo, para qué y para quién se la utilice. Países que han logrado dar saltos cualitativos en su desarrollo no lo hicieron acumulando dispositivos, sino invirtiendo en talento humano, investigación, innovación y políticas públicas coherentes.
En el Ecuador, la incorporación tecnológica ha sido desigual y fragmentada. Mientras ciertos sectores acceden a conectividad, automatización y plataformas digitales, amplias zonas rurales y periféricas siguen excluidas del mundo digital. Esta brecha tecnológica reproduce y profundiza las desigualdades sociales existentes, convirtiendo a la tecnología en un privilegio y no en un derecho habilitante.
En educación, por ejemplo, se han distribuido equipos y plataformas sin una formación pedagógica sólida para docentes y estudiantes. El resultado ha sido un uso instrumental, muchas veces superficial, que no logra mejorar el pensamiento crítico ni la calidad del aprendizaje. Se confunde acceso con aprovechamiento, conectividad con conocimiento.
En el ámbito productivo, la tecnología podría potenciar la agricultura, la industria, la logística y el emprendimiento. Sin embargo, la falta de articulación entre academia, sector productivo y Estado limita su impacto real. Se importan soluciones tecnológicas que no dialogan con el territorio ni con las capacidades locales, generando dependencia en lugar de soberanía tecnológica.
Además, el desarrollo tecnológico plantea dilemas éticos y laborales. La automatización sin planificación puede profundizar el desempleo y la precarización, si no se acompaña de políticas de reconversión laboral y formación continua. El progreso no puede medirse solo en eficiencia, sino en dignidad humana.
Como soñar no cuesta nada, la esperanza tecnológica verdadera, no está en el último software ni en la inteligencia artificial como moda, sino en la capacidad del país para pensar la tecnología desde lo humano. Usarla para fortalecer la transparencia, mejorar los servicios públicos, democratizar el conocimiento y ampliar oportunidades, no para maquillar ineficiencias estructurales.










