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La imagen de LeBron James ocultando su rostro bajo la camiseta, intentando contener las lágrimas frente al homenaje de los Cavaliers, parece anunciar lo que la afición del baloncesto quería retardar, cuando LeBron se quiebra en Cleveland, el básquet mundial entiende que algo está ocurriendo.

A sus 41 años, el máximo anotador histórico de la liga regresó a la ciudad donde se forjó la mayor parte de su leyenda, a kilómetros de Akron, su punto de partida, donde fue héroe, villano y finalmente redentor, el tributo preparado por los Cavaliers pareció golpearlo en un lugar que el propio James suele blindar, la emoción.
Cleveland no olvida, pese a las dos salidas en la carrera de LeBron, la ciudad sigue rindiéndose ante el jugador que les dio el único campeonato de su historia en 2016. Por eso, cada regreso tiene algo de despedida, y esta vez la sensación fue intensa.
El marcador final, una contundente victoria de Cleveland por 129-99, quedó en segundo plano. La escena dominante fue la de un LeBron emocionalmente desbordado, consciente quizá de que el tiempo, empieza a ganarle terreno incluso a los gigantes.
La NBA, una liga acostumbrada al espectáculo y a la renovación constante de ídolos, se encontró de frente con una verdad, la era de LeBron James está cerca de su ocaso. Tras el partido, fiel a su estilo, James evitó sentencias.
No anunció el retiro, pero tampoco cerró la puerta. “No he tomado una decisión sobre el futuro, pero muy bien podría ser”, admitió. Él mismo lo reconoció que, por ahora, una gira de despedida no está en planes.










