La violencia escolar, un mal que crece sin control

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Por: Roberto Camana-Fiallos

La violencia escolar en Ecuador es una realidad alarmante que afecta a miles de estudiantes cada año. Entre 2014 y 2024, se registraron más de 28.000 casos de violencia sexual en escuelas, donde el 90% de las víctimas fueron niñas, muchas entre 8 y 14 años.

Además del abuso sexual, la violencia física, psicológica y el acoso escolar son frecuentes. Entre 2022 y 2024, se reportaron 1.195 casos de acoso, con consecuencias graves como depresión y abandono escolar. Tres de cada cinco estudiantes han sufrido algún acto violento en sus centros educativos.

El entorno escolar, que debería ser un espacio seguro, se ha convertido en un lugar donde la violencia entre pares y hacia docentes es común. El 74% de los agresores en casos de violencia sexual son personas externas al sistema educativo, aunque también hay responsables dentro de las escuelas.

Frente a esta crisis, el Ministerio de Educación lanzó en 2025 el Plan Nacional para la Erradicación de la Violencia en el Contexto Educativo (PNEVCE). Este plan busca prevenir, detectar y atender la violencia, garantizando acompañamiento a las víctimas y fortaleciendo capacidades docentes.

La participación comunitaria y el trabajo interinstitucional son pilares del plan. Se busca que las escuelas sean espacios de convivencia pacífica y respeto, donde se proteja el desarrollo integral de los estudiantes y se promueva la equidad de género.

Sin embargo, casos recientes muestran que la implementación aún enfrenta retos. Familias denuncian falta de seguimiento y apoyo suficiente tras incidentes graves, lo que evidencia la necesidad de mayor compromiso y recursos.

La violencia escolar en Ecuador es un problema complejo que requiere acción urgente y coordinada. Garantizar entornos educativos seguros es fundamental para el bienestar y futuro de niños y adolescentes, y para construir una sociedad más justa y respetuosa.

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Flamengo con pulsaciones aceleradas antes de la final de la Copa Libertadores frente a Palmeiras y con una previa con un espectáculo paralelo, un retrato fiel de una hinchada que no conoce límites para hacerse sentir. Las calles cariocas se tiñeron de rojo y negro. Bombos, bengalas, cánticos que retumbaban entre los edificios y un clima de fervor que anunciaba que no sería un día cualquiera.

Una marea roja previa a la final

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