Por: Carlos Freile
Ha transcurrido ya casi un mes de este nuevo año y, como era de esperarse, las cosas siguen más o menos igual: los seres humanos no hemos dejado de lado nuestras costumbres, positivas y negativas; la gran mayoría, como decía Camus, “no tenemos energía ni para el bien ni para el mal, estamos en el vestíbulo del Infierno” (esta alusión a Dante no gustará a ciertos seguidores del escritor francés); en pocas palabras, nos mantenemos en una cansina mediocridad. Será tal vez por eso que personas de todo pelaje y condición nos inundan las redes sociales con discursos, nos dan consejos, hilvanan reflexiones; aunque no siempre respetan la sintaxis, la ortografía y la prosodia.
Frente a tanta superficialidad e intrascendencia, hace falta reaccionar y buscar bases sólidas para nuestro ser, pues todos necesitamos de hitos en la vida a fin de sostenernos y enfrentar la oscuridad del futuro con algo de esperanza o por lo menos de ilusión. La necesidad de fundamentar la vida se vuelve más urgente cuando la realidad se viste incansablemente de crisis, recurrencia endémica para los ecuatorianos.
Sin pretender descubrir el agua tibia de nuestra circunstancia nacional, me atrevo a lanzar una idea para colaborar con quienes se contentan con durar y con satisfacer tan solo las urgencias animales de la especie, pues los otros no precisan de estas deshilvanadas reflexiones.
En pocas palabras, ¿qué nos falta a los ecuatorianos? Un griterío ensordecedor respondería con una lista interminable de carencias, pero la inmensa mayoría se quedarían en lo material, como vulgares perros o gatos ferales. Desde mi precaria deformación profesional considero que la falencia más estremecedora en la vida de muchos compatriotas es vivirla sin sentido. Por ellos somos incapaces de enfrentar el dolor y las necesidades, no se diga el fantasma de la muerte del cual nunca hacemos caso, con cierta madurez y perspectiva. En las redes sociales, en los medios de comunicación nos encontramos con miles de soluciones inmanentes, ancladas en el cemento de la negación de lo divino.
En este clima no es raro que la política reemplace a la religión: ya no buscamos el Cielo después de la muerte sino la realización de una imposible utopía aquí en este mundo. Nuestro horizonte se ha empequeñecido, solo nos preocupa la cantidad de años que podamos cumplir en medio de todas las comodidades materiales; con el agravante de que hombres y mujeres ya no preparan un futuro mejor para inexistentes hijos porque solo entregan sus cuidados a mascotas efímeras, incapaces de tener un futuro.
Ciertas tendencias políticas han hablado por decenios de sacrificarnos hoy en bien de las generaciones futuras, han predicado un paraíso terrenal pero para las generaciones que vendrán después, como lo afirmaba Lenin. La experiencia enseña que ese “sentido” de la existencia ha fracasado siempre, que quienes, con toda honestidad, creen que se hallan en “el lado correcto de la Historia”, han sacrificado en vano su presente por un futuro que nunca llegará.
Usted, benevolente lector, haga una pausa uno de estos días, deje de lado las angustias sin solución y pregúntese si su vida, en este país, en esta época, tiene una explicación, un sentido; de tal manera que al llegar el momento inevitable de la muerte pueda decir con calma y honradez que ha vivido una vida con dificultades pero plena de sentido, que no habrá vivido en vano.




