Por: Rodrigo Contero P.
Muchos políticos viven atrapados en una inquietud persistente: la sensación de no avanzar y de no ser capaces de construir un proyecto sólido que les otorgue seguridad y confianza en sí mismos. No se trata necesariamente de la falta de oportunidades para desarrollar una propuesta -si es que realmente la tienen-, sino de la tentación de dispersarse en múltiples iniciativas simultáneas, ninguna de las cuales posee contenido, coherencia ni un horizonte claro en su pensamiento.
Quien se pierde en el monte no encuentra la salida si no toma la decisión de elegir un camino, aunque sea al azar, y recorrerlo hasta el final. De igual forma, quien no logra despejar sus dudas y cambia constantemente de grupo o de bandera política está condenado a vagar por el laberinto de sus propias inquietudes y suposiciones, sin llegar a destino alguno. Cuando una persona elige la política o la administración pública sin conocimiento, convicción ni capacidad, carece de proyectos realizables y termina girando en círculos, como lo hacen los neófitos, charlatanes y burócratas del cambio efímero.
Un dicho popular afirma que “solo los idiotas no cambian de opinión”. Sin embargo, en nuestra sociedad, el hábito de la compañía permanente y la búsqueda constante de aprobación suelen conducir al fracaso de los proyectos de vida y, en algunos casos, de la trayectoria profesional. Vivir pendientes de los medios de comunicación, las redes sociales, las revistas o las reacciones de los adversarios políticos impide concentrarse en lo cotidiano y en lo esencial, pues se crea una dependencia inconsciente de la polémica, la novedad y el conflicto permanente.
Encerrarse en la rutina y en viejas prácticas negativas que han desprestigiado el buen vivir de la ciudadanía y del país no es el camino para una vida armoniosa, con hábitos sanos y productividad social. ¿Qué puede decirse de quien inicia muchas acciones y no concluye ninguna? Quien transita por diversos movimientos políticos o se cambia con facilidad lo hace por conveniencia personal, y difícilmente conocerá la satisfacción de haber construido algo valioso y duradero. El éxito meramente metafórico de algunos políticos es, sin duda, la prueba más elocuente de ello.








