La obsesión de querer quedarse en el poder

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Por: Antonio Ricaurte

Lo peor que le puede pasar a un político, gobernante o autoridad es querer quedarse en el poder a como dé lugar.

Es la mayor evidencia de que buscan beneficiarse personalmente.

El poder es un encargo que los ciudadanos otorgan a una persona, por un tiempo determinado, para que administre una ciudad, una provincia, un país o una institución.

Ese encargo debe ser breve. Si se prolonga demasiado, el gobernante pierde la perspectiva: se profundiza su ego, su vanidad y su endiosamiento (conocido como síndrome de hubris).

Terminan enloqueciendo con los lujos: autos con choferes, guardaespaldas, secretarias que resuelven todo, aduladores que los llaman “los mejores” y les aseguran que son los más guapos e inteligentes.

Lo más repugnante es cuando se aferran al poder para hacer negocios y enriquecerse económicamente a costa de su cargo.

Estos individuos deben tener una mente frágil, sufrir en silencio y poseer una autoestima muy baja para anhelar el poder y pretender retenerlo a toda costa.

Lo sucedido con el expresidente de esa institución poco conocida llamada Consejo de la Judicatura, Mario Godoy, es el ejemplo más claro de alguien que se agarra con uñas y dientes al poder para beneficiarse personalmente.

El expresidente Rafael Correa representa otro caso de un vanidoso obsesionado con el poder. ¿Y qué decir del impresentable Nicolás Maduro y otros similares?

Debemos estar atentos a los desequilibrados mentales que acceden al poder.

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