La cruda realidad

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Por: Lorena Ballesteros

Después de un feriado de cuatro días, se pensaría que una está bien dormida, con todas las tareas pendientes al día. Y, sin embargo, este miércoles, que se siente lunes, me recuerda que cuatro días no fueron suficientes.

De hecho, no los sentí como feriado, sino como días de letargo, de esos en los que no consigues terminar lo que empiezas y en los cuales el clima tampoco favorece para aprovechar la ciudad como quisieras.

Reconozco que desde hace algunos años mi esposo y yo no salimos de la ciudad en el feriado de Carnaval. Lo cierto es que, desde entonces, estos días de descanso se habían convertido en la excusa perfecta para quedarse en casa leyendo, escribiendo, trabajando y mirando las películas nominadas a los premios Óscar.

A pesar de que Quito estuvo vacío, el tiempo se me diluyó entre los planes de mi hija adolescente, que sí tuvo una agenda completa. Fuimos aves de paso en nuestro departamento.

Aunque procuramos hacer ejercicio a diario, también es cierto que comimos a deshoras. Encontramos momentos para leer: terminé una novela, pero apenas tomé unos apuntes sobre los aspectos que sobresalieron de esa lectura y, aunque avancé al 60 % de otra, mi cabeza nunca estuvo quieta, sino perturbada por los horarios de terceros.

En esta ocasión alcanzamos a ir al cine una tarde; creo que ese fue nuestro gran plan del feriado. Sin embargo, la elección de ver Cumbres borrascosas nos dio tela para la crítica, pero el plan nos quedó debiendo.

Ahora miro mi planner y tengo una lista interminable de asuntos pendientes: presentaciones para talleres literarios, textos por editar, audios por transcribir, páginas por leer y analizar…m citas médicas por hacer. Y la casa que nos devora vivos: refrigeradora y despensa por llenar, sábanas por doblar, ropa por lavar.

Y esta semana laboral de apenas tres días que se sienten comprimidos: resolver en tiempo récord todo lo que se acumuló mientras supuestamente descansábamos.

Hay algo profundamente engañoso en los feriados adultos. Una cree que va a pausar, que va a recuperar horas de sueño, que por fin se pondrá al día con la vida personal. Pero la cruda realidad, tiene otros planes: la logística familiar se expande, la casa reclama cuidado urgente y el trabajo sigue creciendo en silencio.

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