Entre la máscara y el disfraz

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Herminio Otero Martínez

Las máscaras estuvieron destinadas en un principio a ocultar la cabeza o el rostro, o a amplificarlo, y se utilizaban sobre todo como instrumentos mágicos en la vida cotidiana o en rituales religiosos.

Jung nos lo recuerda: cuando el hombre primitivo se coloca una máscara de un animal con el que competía por la supervivencia, no pretende ser ese animal sino que está convencido de que lo es. Comparte esa identidad en el reino del mito y del símbolo. Así lo podemos ver dibujado, por ejemplo, en la pared de una cueva en el sur de Francia: un hombre primitivo, disfrazado con la piel y la cornamenta de un ciervo y con los dedos de las manos y los pies asomando bajo la piel, formaba parte de una danza destinada a atraer o a incrementar la caza.

Con el tiempo, el disfraz completo de animal, tan usado por el hombre primitivo para la caza, fue reemplazado en muchos sitios por máscaras de animales, a las que cargó de magia y poderío. Las máscaras han tenido también otros fines, sobre todo de origen funerario. Están presentes en todas las culturas.

En la actualidad las máscaras han perdido su carácter ritual y solo tienen un uso carnavalesco, pero el ser humano sigue usando otras máscaras, a veces invisibles pero muy reales, para frefugiarse en la seguridad y protegerse de nuevas amenazas.

Ocultarse es una de las primeras reacciones del ser humano ante las faltas cometidas. Todos tenemos miedo a ser descubiertos en falsedad, y tememos que los demás vean quiénes  somos en realidad y cuáles son las verdaderas intenciones de nuestro corazón. Con frecuencia buscamos ocultar lo que somos y queremos aparecer como lo que no somos. Y para eso nos servimos de disfraces y de máscaras.

La máscara reviste nuestros miedos, tan abundantes siempre y especialmente en la sociedad actual: miedo a expresarnos o a que nos conozcan más de lo que deseamos; miedo a mostrar nuestro lado oscuro; miedo a no obtener la aprobación de los demás; miedo a que nos juzguen y rechacen; miedo a la intimidad con otros o a parecer vulnerables frente a los demás; miedo a la inseguridad; miedo a ser diferentes a lo marcado por las convenciones sociales; miedo al compromiso y a la responsabilidad.

Con estos miedos enmascarados, disfrazamos nuestro verdadero yo y perdemos uno de nuestros más fuertes y grandes atractivos: el encanto natural de ser uno mismo.

Dice Erich Fromm que nos ponemos aquellas máscaras que creemos nos harán parecer “normales y comunes”. De hecho, utilizamos las máscaras para aparecer como “personas respetables”. Con ellas representamos lo que queremos que los otros vean y así agradarlos y ajustarnos a lo que los demás quieren ver de nosotros, aunque eso implique que nuestro comportamiento vaya en contra de lo que realmente somos y dejemos de ser auténticos.

En la selva urbana, en la que vivimos perdidos y manejados por las tecnologías de la comunicación, abundan ahora las máscaras que nos siguen dando fuerza, protección o seguridad en un mundo de manifiesta fragilidad. Detrás de cada máscara siempre está el miedo al rechazo, al fracaso, al compromiso, a comunicarnos, a establecer relaciones, a cubrir expectativas que los demás tienen de nosotros.

Las máscaras, al menos en apariencia, nos defienden, pero corremos el peligro de terminar haciendo lo que los demás esperan de nosotros y no lo que nosotros queremos hacer de nuestra vida. La consecuencia es  la ansiedad y la frustración.

Todas estas máscaras nos ocultan y a la vez nos delatan. Y están reforzadas por ropajes de todo tipo con los que nos disfrazamos, ahora con un uso desaforado, a causa del consumismo que nos invade o de la necesidad que tenemos de ocultar lo que somos, mostrar aquello que no somos… o pedir lo que queremos ser.

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