“En el diseño arquitectónico moderno lo más importante es la gente”, Arroba

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Valeria Arroba Medina, docente de la carrera de Arquitectura de la Universidad Nacional de Chimborazo.

Valeria Arroba Medina, Arquitecta por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, realizó sus estudios de Máster en Gestión y Valoración Urbana y Arquitectónica, en la Universidad Politécnica de Cataluña, Barcelona – España; en donde adquiere conocimientos para incursionar en el campo de la  Investigación referente a la planificación y gestión de la ciudad y del territorio, docente en la carrera de Arquitectura de la Universidad Nacional de Chimborazo.

La “buena arquitectura” a menudo es interpretada como edificios con cualidades estéticas, sin embargo el quehacer de un arquitecto y el aprendizaje de la arquitectura se extiende en otras dimensiones probablemente más importantes. Tiene que ver además con la resolución de problemas espaciales, culturales, sociales, técnicos, entre otros; de un lugar determinado, para una o varias personas a las cuales servimos, las hacemos partícipes y con las cuales, tratamos de imaginar cómo será su manera de habitar el espacio que estamos diseñando; ese espacio es y será, a pesar de las tendencias y la tecnología, el lugar donde funciona y se desarrolla una actividad, y sobre todo es el lugar donde el usuario tiene implicancias perceptuales que el arquitecto provoca con la sensibilidad que demuestra al proyectar, que hace de su diseño un objeto único.

Enfrentar un diseño arquitectónico es un permanente cuestionamiento: ¿dónde?, ¿qué?, ¿por qué?, ¿para quién? y ¿cómo?, antes y durante el ejercicio de plasmar las ideas en papel. Entonces el perfil de un arquitecto o futuro arquitecto combina y dialoga constantemente con los recursos artísticos y técnicos sumados a la percepción y sensibilidad; la combinación de ellos es lo que finalmente nos permite desarrollar la “buena arquitectura”.

La enseñanza y el ejercicio del diseño arquitectónico nos lleva a entender que lo más importante de la arquitectura es la gente, la influencia en la calidad de vida y la convivencia de la misma dentro del espacio de un objeto arquitectónico y fuera de él; es decir del acto de compartir y conocer gente en esos espacios públicos (la calle, la acera, el parque, el mercado, la plaza), que van configurando la misma arquitectura.

“Cada vez que pensamos en la arquitectura, desde la academia o el ejercicio profesional, desarrollamos un proyecto que resuelva la manera de cómo mejorar las condiciones de habitabilidad, de cómo convertir a la arquitectura en una necesidad, de cómo entenderla como profesionales, usuarios y ciudadanos”, recalcó Arroba (16).

 

 

 

 

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