El cinismo como regla del juego político

Facebook
Twitter
WhatsApp
Email

Los escenarios políticos contemporáneos están dominados por una forma de cinismo que ya no se disimula, sino que se ejerce con descaro. La mentira se ha normalizado, el doble discurso se ha convertido en estrategia y el oportunismo —ese cambio de camiseta según soplen los vientos— se presenta como “habilidad política”. No se trata de errores aislados, sino de un patrón estructural que degrada la vida democrática.

Este cinismo atraviesa todos los espacios. Está en las entrevistas cuidadosamente ensayadas, donde se esquivan respuestas con frases vacías; en las concentraciones masivas, donde las peroratas y arengas exaltadas sustituyen a las ideas; y en las redes sociales, convertidas en tribunales emocionales donde la consigna simple y la desinformación circulan con mayor eficacia que cualquier argumento serio. Allí, los autoproclamados “salvadores del pueblo” ofrecen soluciones mágicas a problemas complejos, conscientes de que la promesa grandilocuente moviliza más que la verdad incómoda.

La retórica demagógica se impone porque apela al enojo, al miedo y a la frustración. Promete todo y no explica nada. Es mentirosa por diseño, descarada por convicción y cínica por cálculo. Frente a ella, el discurso sensato —académico, prospectivo, realista y emocionalmente sincero— resulta poco rentable en términos electorales. Pensar a largo plazo no da aplausos inmediatos; decir la verdad no suma “likes”; reconocer límites no gana elecciones.

Lo más grave es que este cinismo no solo corrompe a quienes hacen política, sino que también erosiona a la ciudadanía. Se instala la idea de que “todos mienten”, de que la incoherencia es normal y de que la ética es un lujo prescindible. Así, la política deja de ser un espacio de construcción colectiva y se reduce a un espectáculo de engaños sucesivos, donde gana quien grita más fuerte, no quien propone mejor.

Romper este círculo vicioso exige más que indignación. Requiere una ciudadanía crítica que deje de premiar la mentira eficaz y empiece a exigir coherencia, responsabilidad y verdad, aunque sean incómodas. Mientras el cinismo siga siendo electoralmente rentable, seguirá siendo la regla del juego. Y una democracia sostenida sobre el engaño, no solo se debilita, se vacía por completo de sentido.

Facebook
Twitter
WhatsApp
Email