CAMBIOS DE OPINIÓN

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Rodrigo Contero Peñafiel

No siempre se toman decisiones ni se forman opiniones a solas, casi siempre estamos más acompañados de lo que más creemos, si a este tipo actitudes se suma la negatividad que tiene una buena parte de la población, el acto de compartir ideas nocivas puede convertirse en una enfermedad de transmisión verbal que cause una epidemia nacional que puede llevar al país a una situación social, económica y política sin retorno.

Las personas que practican la política porque quieren servir, por implementar un principio ideológico, por gusto o por “necesidad”,  consideran que la opinión de los demás no tiene importancia si no está ligada al interés personal o del grupo al que representan. Es lamentable que los organismos o instituciones del Estado se hayan convertido en dependencias de un mal llamado cambio de época, montado en un esquema de pensamiento populista y de revancha, que han hecho de la transparencia un laberinto de confusiones y actitudes negativas que intentan cambiar de opinión de las personas cada vez que se tratan temas de descomposición social en los que el país se halla sumergido desde la llegada de socialismo del siglo XXI.

“Dime con quién andas y te diré la actitud que tendrás” es el pensamiento político de moda que permite el cambio de opinión de los “políticos por necesidad”, que actúan de acuerdo con las circunstancias y el “nuevo pensamiento” de los políticos formados en diez años de populismo, autoritarismo, mentira y corrupción, ¿cómo puede entenderse el cambio de argumentos, pensamiento y actitudes de los viejos y jóvenes políticos que dicen refrescar la política ecuatoriana cuando cambian de opinión permanentemente de acuerdo a sus conveniencias?, ¿es que lograron “infectarse” los unos a los otros, o los estilos de pensamiento resultaron tan contagiosos que es más fácil pactar bajo la mesa o en los países considerados paraísos fiscales?

Las personas no somos islas emocionales que podemos actuar de manera independiente cuando se vive en sociedad, pero los “compañeros y compañeras” siempre están en riesgo de contagios, puesto que las emociones viajan de persona a persona como un virus contaminando fácilmente la atmósfera de la ética y la moral hasta hacerlos cambiar de opinión a riesgo de delatarse entre ellos.

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