El cambio climático dejó de ser una advertencia científica para convertirse en una realidad cotidiana que golpea con fuerza al sector agrícola. Las sequías prolongadas, cada vez más frecuentes e intensas, están alterando los ciclos productivos, reduciendo rendimientos y poniendo en riesgo la seguridad alimentaria. La agricultura, históricamente dependiente de la regularidad climática, enfrenta hoy un escenario de incertidumbre estructural que exige respuestas urgentes y sostenidas. En este contexto, no hay que olvidar que los incendios forestales, muchas veces provocados irresponsablemente, la deforestación y pérdida de biodiversidad son temas cruciales que configuran una deuda ecológica sin resolver.
La escasez de agua ya no es un fenómeno excepcional. Afecta a pequeños y medianos productores, encarece los costos de producción y tensiona la relación entre campo, mercados y consumidores. Cultivos tradicionales se vuelven inviables en ciertas zonas; otros requieren inversiones que muchos agricultores no pueden asumir. El resultado es un campo más vulnerable, con menor capacidad de adaptación y mayor exposición a pérdidas económicas que terminan trasladándose a toda la sociedad.
Este desafío no puede abordarse únicamente desde la responsabilidad individual del productor. El Estado tiene un rol indelegable en la planificación hídrica, la inversión en infraestructura de riego eficiente, la investigación agrícola y la asistencia técnica para prácticas resilientes. A ello se suma la necesidad de políticas públicas coherentes que articulen ambiente, producción y desarrollo rural, evitando improvisaciones y respuestas tardías ante cada emergencia climática.
El cambio climático impone una redefinición del modelo agrícola. Persistir en esquemas productivos que ignoran la nueva realidad climática es condenar al campo a una crisis permanente. Adaptarse no es una opción ideológica, sino una necesidad económica y social. La agricultura del futuro dependerá de decisiones que se tomen hoy: con visión de largo plazo, responsabilidad ambiental y un compromiso real con quienes sostienen, desde la tierra, la alimentación del país.







