Desde la llegada de Sebastián Beccacece, el trabajo en la interna de la selección ecuatoriana ha adoptado una dinámica más analítica y estratégica, en la que el uso sistemático de sparrings se ha convertido en una herramienta clave para la evaluación y el ajuste competitivo de la Tricolor.

Lejos de ser simples acompañantes de entrenamiento, estos futbolistas cumplen un rol fundamental dentro de la planificación del cuerpo técnico.
Su participación responde a una lógica clara: recrear con precisión las características de los rivales que enfrentará Ecuador, permitiendo ensayar variantes tácticas en escenarios controlados. Esto facilita la corrección de errores, la automatización de movimientos y la consolidación de una identidad de juego. Pero su función no se limita a la simulación.
Los sparrings también representan una oportunidad para que el entrenador observe de cerca a nuevos talentos, evaluando su rendimiento, actitud y capacidad de adaptación sin la presión que implica la competencia oficial.
En este contexto, el “laboratorio” de Beccacece se convierte en un espacio de experimentación donde se analizan perfiles, se prueban sistemas y se proyectan posibles recambios generacionales. En la lista de convocados aparecen nombres jóvenes que buscan abrirse camino en el proceso de la selección mayor. Jandry Gómez, Mathews Soto, Luis Fragozo, Juan Riquelme Angulo y los hermanos Edwin y Hólger Quintero forman parte de este grupo que, aunque aún no es fijo en las convocatorias oficiales, ya se encuentra en el radar del cuerpo técnico.
Para estos jugadores, la experiencia va más allá del entrenamiento. Compartir cancha con futbolistas consolidados les permite medir su nivel competitivo, elevar sus exigencias y familiarizarse con el ritmo e intensidad del alto rendimiento internacional.










