Por: Franklin Barriga
El pionero del panamericanismo fue Simón Bolívar, como recordó Bill Clinton en la Cumbre de Miami, en su discurso de bienvenida a los 36 mandatarios de nuestro continente que acudieron a este cónclave realizado en diciembre de 1994.
Efectivamente, el Libertador afirmó: “Seguramente la unión es la que nos hace falta para completar la obra de nuestra regeneración. Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riqueza, que por su libertad y gloria” (Carta de Jamaica, Kingston, 1815).
Bajo esta inspiración, se realizó en Washington, en 1889, la Primera Conferencia Panamericana. En 1910, la Unión Panamericana adoptó el principio de “América para los americanos”, expresado por el presidente James Monroe, en su discurso ante el Congreso de los Estados Unidos, el 2 de diciembre de 1823, como respuesta a la amenaza imperialista proveniente de Europa. En 1947, se firmó el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) y, en 1948, en la Conferencia de Bogotá, se fundó la OEA que reemplazó a la Unión Panamericana.
A fin de alcanzar concordia y progreso en nuestro hemisferio, no hay duda que la cohesión entre países es fundamental, para atacar en conjunto a las enormes fuerzas negativas, algunas transcontinentales, que le amenazan.
Por iniciativa del presidente Donald Trump, se efectuó en Miami, hace pocos días, una reunión a la que asistieron 17 representantes latinoamericanos que fueron invitados: convinieron en constituir el Escudo de las Américas, coalición estratégica y militar para combatir a poderosos enemigos de la civilización, como el narcotráfico y sus expansionistas cárteles, de organización y poderío transnacional, además colosales fuentes de corrupción y violencia. Recomendable alianza que garantiza avances en la lucha contra crímenes de lesa humanidad.









