Por: Alfonso Espín
En la actualidad el Ecuador continúa lidiando con las secuelas de un régimen que bajo el membrete de “Alianza PAIS”, dejó una profunda huella en el tesoro nacional y en el corazón mismo de las instituciones. La corrupción de la gobernanza correísta no fue un hecho aislado, sino una suerte de estructura sistémica que nos ha debilitado en la capacidad de reacción frente a la adversidad económica y de inseguridad que debe afrontar el Estado actual.
Se diseñó un sistema de gobernanza que lograba el favor de las autoridades claves de la vida pública a la medida del Ejecutivo, produciendo un debilitamiento institucional del sistema de Justicia que no ayuda en los momentos actuales, a una lucha eficaz en contra del crimen organizado, pues también se izó el estandarte de amistad con las mafias nacientes en ese entonces, legitimando a los pandilleros y dando libre ingreso a los ciudadanos extranjeros, sin importar su récord criminal, a nombre de la denominada “ciudadanía universal”
Hoy la salud y la educación se han visto absolutamente afectadas, gracias a la llamada “década ganada”, por el saqueo de los recursos públicos, la administración inescrupulosa y todas las mañoserías de corrupción de los miembros del correato, que de a poco se siguen ventilando y que dan cuentas de sobreprecios en las obras públicas, del manejo inescrupuloso, por decir lo menos, de los sectores estratégicos, todos antecedentes que ponen cuesta arriba la reactivación del sistema productivo y la generación de empleo en la actualidad.
Las circunstancias lamentables no solamente son económicas, sino que han germinado una crisis ética y social, que mantiene un ambiente de desconfianza entre los ciudadanos, quienes han perdido las esperanzas en la administración de Justicia y en general en las instituciones públicas, causando la apatía política y el egocentrismo en jóvenes y personajes valiosos que podrían aportar significativamente para el país.
La práctica correísta fue la de una constante confrontación contra todos los que no creían igual, consolidando una pugna que hoy se traduce en correístas vs anticorreístas, imposibilitando así los mínimos acuerdos para caminar hacia adelante y más bien manteniendo dividida a la población, como expresamente procuró hacerlo el líder prófugo de esta organización, hoy RC5, al eliminar los colegios profesionales o intervenir en las Fuerzas Armadas, causando una polarización que hasta hacía peligrar la naturaleza no deliberante de esta institución.
Definitivamente la lucha del Gobierno actual y los que vendrán, no solamente es en contra del crimen organizado, una de las facturas más caras de pagar, sino en favor de la restauración y supervivencia de la democracia nacional, pues los negros comportamientos de la gobernanza correísta, que no los podemos olvidar porque pululan por doquier y a cada momento, facilitaron la penetración de las bandas delictivas que tuvieron años para instalarse y cubrirse.
Las últimas medidas de control en contra de la inseguridad, en las que está el toque de queda, dan muestra de lo terrible de la situación, y ciertamente ayudarán en este combate, pero la raíz del problema sigue estando en habernos convertido en la gran bodega de alcaloides producida por los países vecinos, principalmente por Colombia y la cara dura de Gustavo Petro, que nos ha engañado hablando de combatir al narcotráfico.
Además de recuperar lo robado, combatir a los grupos narcoterroristas, habrá que diseñar la manera de reconquistar la ética pública para que la forma democrática subsista válidamente y nuestra población recupere la credibilidad institucional y las ganas de hacer país.









