La política como espectáculo y la ciudadanía como audiencia pasiva

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EDITORIAL

En las últimas décadas, la política ha experimentado una transformación profunda: ha dejado de ser, en muchos casos, un espacio de deliberación colectiva para convertirse en un espectáculo cuidadosamente producido. El debate de ideas, la construcción de propuestas y la rendición de cuentas han sido desplazados por escenografías, consignas emotivas y narrativas simplificadas, diseñadas más para captar atención que para generar comprensión. En este escenario, la ciudadanía corre el riesgo de ser reducida a una audiencia pasiva, más cercana al consumo de entretenimiento que al ejercicio activo de la democracia.

Los líderes políticos se presentan como personajes, con gestos, frases y polémicas pensadas para circular rápidamente en medios y redes sociales. El conflicto se dramatiza, la complejidad se reduce y los problemas estructurales se transforman en episodios breves que compiten por segundos de visibilidad. Así, la política adopta los códigos del marketing y del entretenimiento: lo importante no es tanto gobernar bien, sino parecer convincente en escena.

Esta dinámica tiene consecuencias profundas. Cuando la política se convierte en un show, el ciudadano deja de ser un sujeto crítico para transformarse en espectador. Se observa, se aplaude o se abuchea, pero rara vez se participa. La indignación se consume como un producto más y se diluye con la siguiente noticia viral.

Además, la política-espectáculo favorece la polarización. Los discursos se simplifican en bandos, se exageran las diferencias y se alimenta la confrontación constante porque el conflicto vende. En este contexto, el diálogo y el consenso parecen aburridos, poco atractivos para una audiencia acostumbrada al impacto inmediato. La democracia, sin embargo, necesita precisamente lo contrario: tiempo, reflexión y capacidad de escucha.

Frente a este panorama, la responsabilidad no recae únicamente en los políticos o en los medios. La ciudadanía también tiene un papel crucial. Recuperar la política como un espacio de participación activa implica exigir propuestas concretas y asumir que la democracia no es un espectáculo que se observa desde la grada, sino una construcción colectiva que requiere involucramiento constante.

La política puede y debe comunicar de forma clara y atractiva, pero sin renunciar a la profundidad ni a la ética. Transformar a la audiencia pasiva en ciudadanía activa es uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo. De ello depende que la democracia no se reduzca a una puesta en escena, sino que recupere su sentido esencial: ser un ejercicio real de poder compartido y responsabilidad común.

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