Por: Fedgar
Así como en la vida cotidiana, en la política ecuatoriana, hay gestos que reconcilian y decisiones que amargan. El actual momento del país parece moverse en ese péndulo caprichoso, una de sal, una de dulce. Así transitan el gobierno y la oposición, no como fuerzas destinadas a complementarse para el bien común, sino como actores atrapados en una coreografía predecible donde el cálculo pesa más que el país.
El gobierno, por un lado, ha mostrado destellos de pragmatismo. Hay anuncios que buscan ordenar las finanzas, señales de apertura al diálogo internacional y una narrativa que intenta transmitir gobernabilidad en medio de un escenario adverso. Es la “dulce” que se ofrece a una ciudadanía cansada del conflicto permanente y urgida de certezas mínimas. Pero, casi de inmediato, llega la sal: improvisación en decisiones clave, mensajes contradictorios, silencios incómodos frente a problemas estructurales y una tendencia a gobernar más desde la imagen que desde la política pública sostenida.
La oposición, por su parte, tampoco se escapa de este vaivén. En ocasiones levanta banderas legítimas, denuncia excesos, advierte riesgos autoritarios, recuerda deudas sociales que no pueden maquillarse con discursos optimistas. Esa es su parte “dulce”, necesaria en cualquier democracia que se precie de serlo. Sin embargo, pronto reaparece la sal, la oposición que no propone, que apuesta al desgaste antes que, a la construcción, que confunde fiscalización con sabotaje y crítica con revancha.
Hay, además, un problema más profundo, la política ecuatoriana parece haber normalizado la lógica del mínimo esfuerzo ético. Al gobierno se le exige poco porque, al menos no es lo anterior; a la oposición se le perdona la inconsistencia, porque al menos critica. Cuando la exigencia ciudadana se diluye, la mediocridad se instala cómodamente en el poder y en la oposición. Pues, no se trata de idealizar. Gobernar en el Ecuador de hoy es una tarea cuesta arriba, marcada por crisis heredadas, un Estado frágil y una sociedad desconfiada. Pero justamente por eso, cada decisión cuenta. Cada palabra pesa. Cada silencio habla. Una política que oscila entre el acierto aislado y el error reiterado termina agotando incluso a los más pacientes.
La oposición, en tanto, tiene la responsabilidad histórica de ser algo más que un espejo invertido del gobierno. No basta con señalar fallas si no se es capaz de articular una alternativa creíble, ética y viable. De lo contrario, su discurso se convierte en ruido, y el ruido, con el tiempo, deja de escucharse. Mientras tanto, el país espera. Espera coherencia, madurez, visión de largo plazo. Espera que la “sal” no sea siempre castigo ni la “dulce” simple consuelo pasajero. Espera, sobre todo, una política que entienda que gobernar y oponerse no son fines en sí mismos, sino medios para construir un futuro menos precario.
Como soñar no cuesta nada, tal vez el problema no sea la alternancia entre sal y dulce, sino la receta misma. Porque cuando la política se cocina sin responsabilidad histórica ni sensibilidad humana, ningún sabor logra alimentar. Y el Ecuador, cansado de probar promesas, empieza a preguntarse si alguna vez llegará el día en que la mesa común tenga, al fin, pan suficiente para todos.










