Artículo escrito por: Sara Salazar
Escribir es una de esas actividades que desde fuera parecen sencillas y desde dentro resultan casi imposibles. La imagen romántica del escritor inspirado, rodeado de silencio y café, contrasta brutalmente con la realidad, una página en blanco que intimida, un cursor que parpadea como reproche y una cabeza llena de ideas que se niegan a ordenarse. Escribir, antes que un acto de inspiración, es un acto de resistencia.
Porque lo primero que hay que decir sin pudor es que escribir cuesta. Cuesta sentarse, cuesta empezar y cuesta, sobre todo, continuar cuando las palabras no fluyen. Hay días en los que una frase sale limpia, casi perfecta, y otros en los que cada línea parece forzada, artificial, ajena. En esos días aparece la duda, ¿sirve lo que estoy escribiendo?, ¿tiene sentido?, ¿a alguien le importa? La escritura no solo exige técnica, exige carácter para tolerar la inseguridad constante. Se habla mucho del talento, pero poco de la práctica. Y, sin embargo, escribir es un músculo, si no se ejercita, se atrofia. No se aprende a escribir esperando el momento ideal, ni el tema perfecto, ni la emoción correcta. Se aprende escribiendo mal, tachando, reescribiendo, fallando. La práctica no garantiza genialidad, pero sí algo igual de valioso, constancia. Y la constancia, con el tiempo, acaba afinando la voz propia.
Uno de los mayores obstáculos es, paradójicamente, la falta de temas. Muchos creen que escribir depende de tener “algo importante que decir”, como si las ideas vinieran ya formadas, listas para ser transcritas. Pero la mayoría de las veces no hay temas concretos. Hay intuiciones vagas, incomodidades, preguntas sin respuesta. El tema no suele aparecer antes del texto, sino durante. Se escribe para descubrir de qué se quería escribir. Aquí está uno de los secretos menos glamorosos del oficio, no siempre se sabe adónde se va. A veces se empieza con una frase cualquiera, casi por inercia, y es el propio texto el que va marcando el camino. Esperar claridad absoluta antes de escribir es una forma elegante de no escribir nunca. La página en blanco no se llena con certezas, sino con intentos.
Además, escribir implica mirar lo cotidiano con atención. No todos los temas son grandiosos ni urgentes. Muchas veces están en lo mínimo, una conversación escuchada al pasar, una duda personal, una contradicción interna. El problema no es la falta de temas, sino la costumbre de subestimarlos. Creemos que no son “suficientes”, cuando en realidad ahí suele estar lo más honesto. También hay que aceptar que no todo lo que se escribe es bueno, ni tiene que serlo. La obsesión por la perfección paraliza. El arte de escribir incluye aprender a convivir con textos fallidos, con columnas que no convencen del todo, con párrafos que nunca funcionaron. Es parte del proceso, no una señal de fracaso.
Escribir es difícil porque nos enfrenta a nosotros mismos. A nuestras dudas, a nuestro silencio, a nuestra incapacidad de decir exactamente lo que sentimos. Pero también es un acto profundamente humano, ordenar el caos, darle forma a lo invisible, dejar una huella aunque sea mínima de lo que pensamos y sentimos en un momento del tiempo. Por eso, pese a todo, se vuelve a la página en blanco. No porque sea fácil, sino porque escribir, incluso cuando duele, sigue siendo una forma de entender el mundo y de entendernos. Y a veces, con suerte, una frase basta para justificar todo el esfuerzo y el dolor.










