Por: Fedgar
En el Ecuador de hoy, la política se ha convertido en miel. No por su dulzura ni por su nobleza, sino por su capacidad de atraer a todo tipo de insectos. Moscas de ocasión, de ambición desmedida, de oportunismo sin pudor. La política ya no convoca a los mejores; convoca a los más rápidos, a los más ruidosos y, muchas veces, a los menos escrupulosos.
El poder dejó de ser entendido como servicio y pasó a ser visto como botín. Por eso, cada proceso electoral, cada crisis institucional o cada vacío de liderazgo abre una estampida de aspirantes que no llegan con ideas ni proyectos, sino con apetitos. La política, en lugar de ser un espacio de sacrificio y responsabilidad histórica, se transformó en una plataforma de ascenso personal, económico o mediático.
No es casual que hoy abunden los improvisados, los conversos de última hora, los indignados profesionales y los moralistas repentinos. Muchos descubren vocación política justo cuando el Estado ofrece contratos, influencias o visibilidad. No llegan por convicción, sino por cálculo. No buscan transformar el país, sino aprovecharse de él.
Esta degradación tiene raíces profundas. Durante años, la política fue desprestigiada, banalizada y convertida en espectáculo. Se expulsó a los técnicos, se desalentó a los pensadores y se ridiculizó al servidor público honesto. El vacío fue ocupado por quienes entendieron que, en medio del caos, la política podía ser un atajo y no un camino largo y exigente.
Pero las moscas no llegan solas. La miel también es producida por un sistema que tolera la mediocridad, premia la lealtad ciega y castiga la crítica. Partidos sin ideología, movimientos sin estructura y liderazgos sin formación han creado un ecosistema perfecto para el oportunismo. Cuando todo vale, nada importa.
La consecuencia es un país cansado, desconfiado y escéptico. Una ciudadanía que ya no cree en la política, pero que sigue padeciendo sus efectos. Porque, aunque la política se haya llenado de moscas, sigue decidiendo el precio del pan, la calidad de la educación, la seguridad en las calles y el futuro de los jóvenes.
El problema no es que la política atraiga; el problema es a quién atrae. Cuando la miel se pudre, no convoca a abejas que construyen, sino a insectos que se alimentan y se van. Recuperar la dignidad de la política implica cambiar la sustancia, no solo espantar a las moscas.
Como soñar no cuesta nada, el día en que la política vuelva a exigir ética, preparación y renuncia personal, deje de ser miel fácil y vuelva a ser trabajo arduo. Y solo entonces, el Ecuador podrá distinguir entre quienes llegan para servir y quienes solo llegaron porque olieron algo dulce.







