Por: Fedgar
En el Ecuador actual, el debate público ha ido cediendo espacio a la diatriba. El intercambio de ideas, necesario en toda democracia, ha sido reemplazado por el agravio sistemático, la descalificación personal y el discurso incendiario. No se discuten propuestas, se atacan intenciones; no se contrastan argumentos, se siembran sospechas. Así, la palabra, que debería construir, se ha convertido en un arma de desgaste.
La diatriba gana terreno cuando la política pierde contenido y la ética se vuelve prescindible. En lugar de deliberación, hay gritos; en lugar de razones, consignas. Las redes sociales amplifican esta dinámica, premiando el insulto rápido y la frase hiriente por encima del análisis sereno. El algoritmo favorece la ira, y la ira desplaza a la reflexión. El resultado es una sociedad crispada, incapaz de escucharse a sí misma.
Este fenómeno no se limita a los actores políticos. Medios de comunicación, opinadores improvisados y ciudadanos comunes han caído en la tentación del ataque fácil. Se opina sin informarse, se sentencia sin comprender y se condena sin matices. La diatriba se normaliza y, con ello, se empobrece el lenguaje público y se degrada la convivencia democrática.
Cuando la descalificación sustituye al argumento, el adversario deja de ser un interlocutor y pasa a ser un enemigo. En ese clima, cualquier intento de consenso es visto como traición y toda moderación como debilidad. La política se convierte en un campo de batalla permanente, donde lo importante no es resolver problemas, sino derrotar al otro, aunque el país quede en ruinas.
Las consecuencias son profundas. La ciudadanía, cansada del ruido, se refugia en el silencio o en la indiferencia. La confianza se erosiona, las instituciones se debilitan y la democracia se vacía de sentido. Un país que grita todo el tiempo termina sin escucharse, y un país que no se escucha es incapaz de corregir su rumbo.
Recuperar el valor de la palabra es una tarea urgente. No se trata de eliminar el disenso, sino de dignificarlo. La crítica es necesaria; la diatriba, estéril. Una sociedad madura discute ideas sin destruir personas y confronta visiones sin anular al otro.
Como soñar no cuesta nada, pongo en alerta de que, si la diatriba sigue ganando terreno, el Ecuador corre el riesgo de perder algo más que el tono del debate, puede perder la capacidad de pensarse como comunidad. Y sin esa mínima voluntad de diálogo, no hay proyecto de país posible, solo ruido, resentimiento y un futuro cada vez más fragmentado.





