SOÑAR NO CUESTA NADA… Rol del ecuatoriano sin compromiso de país

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Por: Fedgar

En el Ecuador de hoy, una de las ausencias más graves no es solo la de políticas públicas eficaces o liderazgos confiables, sino la del compromiso ciudadano con el destino común. Se habla mucho de crisis política, económica y moral, pero poco se reflexiona sobre el rol del ecuatoriano cuando decide vivir al margen del país, exigirlo todo y aportar casi nada.

El ecuatoriano sin compromiso de país es una figura silenciosa pero determinante. No siempre grita consignas ni ocupa cargos públicos; muchas veces se manifiesta en la indiferencia cotidiana: en el incumplimiento de la ley “porque nadie la respeta”, en la evasión de responsabilidades cívicas, en la tolerancia al atajo y a la viveza criolla como forma de sobrevivencia. Así, el deterioro nacional no solo se gesta desde el poder, sino también desde la conducta diaria de sus ciudadanos.

Esta falta de compromiso se expresa, además, en una relación utilitaria con el Estado. Se lo reclama cuando no funciona, pero se lo debilita cuando conviene. Se exige seguridad, pero se justifica la informalidad; se pide justicia, pero se normaliza la trampa; se condena la corrupción ajena, mientras se minimiza la propia. En ese doble discurso, el país pierde cohesión y sentido de pertenencia.

La política tampoco escapa a esta lógica. Muchos ecuatorianos han optado por la cómoda posición del desencanto permanente: “todos son iguales”, “nada va a cambiar”. Ese escepticismo, aunque comprensible, termina siendo funcional al deterioro democrático. La apatía es una forma de renuncia, y renunciar al espacio público es dejarlo en manos de quienes sí tienen intereses, no siempre legítimos.

El compromiso de país no se limita al voto ni a la protesta ocasional. Implica una ética cotidiana: respetar normas, informarse con criterio, exigir rendición de cuentas y asumir que el bienestar colectivo también depende de acciones individuales. Un país no se construye solo desde el Palacio de Gobierno o la Asamblea, sino desde la escuela, la familia, el barrio y el trabajo.

Resulta más fácil culpar al político de turno que mirarse al espejo como sociedad. Sin embargo, mientras el ecuatoriano no asuma su rol activo en la construcción del país, cualquier proyecto nacional estará condenado a la fragilidad. La democracia no sobrevive solo con instituciones; necesita ciudadanos comprometidos.

Como soñar no cuesta nada, creemos que el Ecuador no está condenado por su historia ni por sus crisis, sino por la indiferencia que la perpetua. Recuperar el compromiso de país es un desafío urgente y profundo. Porque cuando un pueblo deja de sentirse responsable de su destino, el país no se derrumba de golpe: se desgasta lentamente, hasta que ya no duele perderlo.

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