Por: Fedgar
En el Ecuador de hoy, la política parece haberse reducido a una disputa de siglas. ADN y RC5, más que movimientos coyunturales, se han convertido en los ejes alrededor de los cuales gira la vida pública, la confrontación ideológica y, lamentablemente, la parálisis institucional. Para muchos ciudadanos, la sensación es clara y preocupante: el país no se gobierna desde el interés nacional, sino desde la pugna permanente entre dos fuerzas que actúan como si fueran dueñas del Ecuador.
Esta polarización no es nueva, pero sí más cruda. ADN, desde el poder Ejecutivo, y RC5, desde la oposición organizada y con fuerte presencia territorial y legislativa, han trasladado sus diferencias al funcionamiento mismo del Estado. Cada decisión, cada ley, cada juicio político, se interpreta como una victoria o una derrota partidista, no como una respuesta a las urgencias de la gente. En medio de esa lógica binaria, el ciudadano queda relegado a espectador de un conflicto ajeno a sus verdaderas necesidades.
La narrativa del “todo o nada” ha secuestrado el debate público. Si una iniciativa no nace en el propio bando, se bloquea; si una política beneficia al adversario, se sabotea. Así, el país avanza a trompicones, mientras la inseguridad, el desempleo y la crisis institucional siguen sin respuestas estructurales. ADN y RC5 se disputan el control del relato, pero ninguno logra convencer de que el poder se ejerce pensando en el bien común y no en la próxima contienda electoral.
El problema de fondo no es solo la existencia de dos fuerzas dominantes, sino la fragilidad de los contrapesos. Las instituciones, llamadas a mediar y equilibrar, parecen atrapadas entre presiones políticas y cálculos estratégicos. La Asamblea se convierte en un campo de batalla, la justicia en terreno de sospechas y la opinión pública en botín comunicacional. En ese escenario, la democracia se vacía de contenido y se reduce a un pulso de poder. Resulta inquietante que el país se perciba como propiedad simbólica de dos movimientos, cuando en realidad pertenece a millones de ecuatorianos que no militan, que no gritan consignas, pero que padecen las consecuencias de la confrontación. Ellos no son ADN ni RC5, pero son quienes pagan el costo de la ingobernabilidad y del bloqueo permanente.
Ecuador no necesita dueños, necesita estadistas. Requiere líderes capaces de entender que el poder es un encargo transitorio y no un trofeo. Mientras ADN y RC5 sigan actuando como polos irreconciliables, el país continuará atrapado en una lógica de suma cero, donde nadie gana y todos pierden.
Como soñar no cuesta nada, debemos recordarles que, la historia es implacable con quienes confunden hegemonía con servicio. Tarde o temprano, las siglas se desgastan y los relatos se agotan. Lo que permanece es el juicio ciudadano, ese que no se expresa en consignas, sino en la memoria colectiva de un país que, cansado de dueños, sigue esperando gobernantes.






