Por: Fedgar
La reciente convención nacional de la Revolución Ciudadana (RC5), realizada en Manta, no fue un acto más dentro del calendario partidista. Fue, ante todo, un ejercicio de reafirmación simbólica, de reencuadre político y de demostración de fuerza en un escenario nacional marcado por el desgaste institucional, la fragmentación del poder y el desencanto ciudadano.
En lo formal, la convención buscó ordenar filas, ratificar liderazgos y proyectar una imagen de cohesión. En lo político, sin embargo, su lectura es más compleja. RC5 parece haber entendido que ya no basta con apelar al recuerdo de la bonanza pasada ni al relato épico de la década anterior. El país que hoy enfrenta la inseguridad, el desempleo y la precariedad institucional no es el mismo que acompañó masivamente aquel proyecto político. El mensaje central fue claro, la RC5 se asume como la principal fuerza de oposición organizada, con estructura territorial, discurso articulado y una base social aún significativa. En un escenario donde otros movimientos aparecen diluidos o atrapados en disputas internas, esta convención buscó reafirmar que el correísmo sigue siendo un actor insoslayable del tablero político ecuatoriano.
No obstante, también quedaron al descubierto sus dilemas no resueltos. La omnipresencia del liderazgo histórico sigue siendo su mayor fortaleza y, a la vez, su principal limitación. La dificultad para oxigenar el discurso, renovar rostros con autonomía real y conectar con nuevas sensibilidades sociales, jóvenes, clases medias golpeadas, sectores desencantados, sigue siendo un desafío pendiente. Desde una lectura estratégica, la convención de la RC5 parece marcar el inicio anticipado de una campaña permanente. Se habló menos de autocrítica y más de confrontación; menos de acuerdos nacionales y más de polarización. En ese sentido, el mensaje fue más efectivo hacia la militancia que hacia el país en su conjunto. Se consolidó la identidad interna, pero no necesariamente se amplió el espectro de adhesiones.
El contexto político también condiciona la interpretación. Frente a un gobierno que navega entre medidas impopulares, inseguridad creciente y una comunicación errática, la RC5 se presenta como alternativa. Pero alternativa no es sinónimo automático de solución. La ciudadanía, cansada de promesas incumplidas y de relatos excluyentes, exige hoy propuestas creíbles, viables y éticamente responsables.
Como soñar no cuesta nada, la lectura política de esta convención, nos enfrenta a la pregunta del millón: ¿Estamos ante una fuerza que busca reconciliarse con el país real o ante un movimiento que prefiere refugiarse en la comodidad de su núcleo duro? La respuesta no la dará una tarima ni un aplauso cerrado, sino la capacidad de leer, con humildad y responsabilidad, a un Ecuador que ya no tolera dogmas, caudillismos ni verdades únicas.






