Por: Sofía Cordero Ponce
Lo que ha ocurrido en Venezuela obliga a sostener dos verdades simultáneas: es un alivio ver a Nicolás Maduro detenido y enfrentando cargos tras años de impunidad; pero no hay nada en ese hecho que autorice celebraciones fáciles ni lecturas triunfalistas. La captura de un dictador no equivale a la restauración de la democracia, y menos aún cuando el proceso que la posibilita nace de una intervención militar extranjera.
Aceptar esto no implica ingenuidad: el régimen dejó claro desde hace mucho que no entregaría el poder por vías pacíficas. Lo declaró su dirigencia, lo ejecutaron sus fuerzas de seguridad y lo respaldaron años de presos políticos, ejecuciones extrajudiciales y una estructura de persecución estatal. El chavismo cerró todas las salidas institucionales y volvió casi suicida cualquier forma de resistencia cívica.
El problema es lo que viene después. América Latina conoce bien la lógica: cuando una sociedad no puede frenar su tragedia, aparece la potencia externa que promete hacerlo “por su bien”. No para democratizar, sino para administrar, para estabilizar un territorio.
El resultado ya se asoma: Maduro está preso, pero el madurismo no ha caído. Su núcleo duro se recicla, negocia, reparte poder y garantiza “orden” bajo supervisión norteamericana. La paradoja es grotesca: el régimen que destruyó la democracia ahora se convierte en su administrador.
¿Y la narrativa democrática? Vacía. Durante años se insistió en que la salida era electoral, que julio de 2024 sería el punto de quiebre, que la oposición —encarnada en María Corina Machado y Edmundo González— abriría una transición real. Hoy esa expectativa luce ingenua: lo que emerge no es una democracia en reconstrucción, sino un país tutelado: los mismos actores con padrinos distintos.
Estados Unidos eligió el pragmatismo: una transición opositora implicaba costos inmensos y riesgos prolongados; negociar con quien ya controla el Estado era más barato, más estable, más útil. Lo que queda es una advertencia: cuando la libertad depende del cálculo geopolítico, deja de ser horizonte y se vuelve concesión. Y eso debería inquietar a toda la región.





