Por: Sofía Cordero Ponce
La Justicia en el Ecuador ya no está en crisis. Y no lo está porque una crisis, por definición, tiene un inicio, un desarrollo y la posibilidad —aunque sea remota— de un final. Lo nuestro es otra cosa. Es una enfermedad crónica que avanza sin pudor por juzgados, fiscalías y despachos. No duele de golpe: corroe lentamente, se adapta, se reproduce y termina volviéndose parte del paisaje.
En ese proceso, el legado de Diana Salazar ha desaparecido. Y con él, la esperanza de que la Justicia pueda depurarse desde dentro. Durante un breve momento creímos que todavía era posible que funcionarios con ética y compromiso asumieran el costo de hacer lo correcto. Hoy esa expectativa ha sido sepultada bajo pactos, silencios estratégicos y decisiones cuidadosamente calculadas para no incomodar al poder real.
El obediente administrador de Justicia que hoy se aferra a su cargo, protegido por quienes lo pusieron ahí, simboliza la derrota institucional frente al crimen organizado. No es una anomalía: es el resultado lógico del sistema. Representa la indefensión absoluta de un Estado que ya no puede —o no quiere— protegerse a sí mismo. Un Estado que negocia su supervivencia entregando pedazos de legalidad, mientras simula normalidad con discursos huecos y comunicados formales.
La administración actual de Justicia obedece a todo menos a la ética. Y si tiene compromisos, no son con los ciudadanos. Aquí ya no hablamos de errores humanos, de fallas aisladas o de instituciones debilitadas por falta de recursos. Hablamos de un modelo. De un régimen permeado por el crimen organizado y sostenido por caudillos de todo tipo: jóvenes sin experiencia o viejos expertos en sobrevivir políticamente. Los une el desprecio a las instituciones, a la independencia de poderes y a la democracia entendida como límite.
Estamos indefensos en lo institucional y en lo político, expuestos a un poder que ya no disimula su desprecio por las reglas. Pero no estamos completamente anulados como ciudadanos. Mientras haya quienes observen, denuncien y se nieguen a normalizar este deterioro, el cerco no será total.








