La autoridad paterna, venida a menos
Por: Fedgar
La autoridad paterna atraviesa una de sus crisis más profundas y silenciosas. No se ha desvanecido de un día para otro, ni ha sido derrotada únicamente por los cambios generacionales; ha sido erosionada, poco a poco, por una sociedad que confundió libertad con permisividad, derechos con ausencia de límites y modernidad con renuncia a la responsabilidad.
Durante décadas, la figura del padre, y de la autoridad familiar en genera, fue el primer referente de orden, respeto y orientación ética. No se trataba de autoritarismo, sino de presencia, coherencia y ejemplo. Hoy, en cambio, la autoridad paterna parece pedir permiso para ejercer su rol, condicionada por discursos que la cuestionan, normas que la debilitan y una cultura que la ridiculiza.
En muchos hogares, el padre ha sido desplazado no solo por la sobrecarga laboral o la migración forzada, sino también por un modelo social que delegó la formación de los hijos a la escuela, a las pantallas o al entorno digital. El resultado es una generación con acceso ilimitado a información, pero con escasos referentes de autoridad legítima y afectiva. Cuando nadie orienta, el ruido sustituye al criterio.
La crisis de la autoridad paterna también tiene un correlato institucional. Un Estado que no garantiza seguridad, justicia ni educación de calidad termina debilitando a la familia, pues la deja sola frente a problemas cada vez más complejos. En este escenario, exigir límites en casa parece contradictorio cuando la sociedad premia la transgresión y castiga la disciplina. No se puede hablar de autoridad sin responsabilidad. Muchos padres, es cierto, han renunciado a su rol por comodidad, miedo al conflicto o desconocimiento. Otros han sido injustamente señalados, confundiendo autoridad con abuso, corrección con violencia. El péndulo social se movió de un extremo a otro, dejando en el medio un vacío que hoy pagan los hijos.
Las consecuencias están a la vista: crisis de convivencia, pérdida de respeto en las aulas, dificultad para asumir normas, y una fragilidad emocional que se manifiesta en conductas de riesgo. No es casualidad que una sociedad que cuestiona toda autoridad termine preguntándose por qué ya nadie escucha. Recuperar la autoridad paterna no implica volver al pasado ni imponer modelos rígidos. Implica resignificarla como un ejercicio de liderazgo ético, cercano y firme. Autoridad no es gritar más fuerte, sino estar presente; no es imponer por miedo, sino formar con coherencia.
Como soñar no cuesta nada, debemos convenir en que, una sociedad que debilita sistemáticamente a la familia termina debilitándose a sí misma. Tal vez ha llegado el momento de dejar de demonizar la autoridad paterna y empezar a preguntarnos qué tipo de adultos estamos formando en su ausencia.








