Distractores de la crisis ecuatoriana
Por: Fedgar
El Ecuador atraviesa una crisis profunda y multifacética, pero rara vez la enfrenta con honestidad. En lugar de debatir sus causas estructurales, el país parece atrapado en una dinámica de distracción permanente, donde el ruido político, los escándalos judiciales y las urgencias económicas se convierten en cortinas de humo que impiden ver el fondo del problema. Se discute mucho, pero se comprende poco.
En el plano político, la confrontación ha sustituido al gobierno y la oposición a la propuesta. El país vive en campaña permanente: declaraciones incendiarias, acusaciones cruzadas, vetos, amenazas y discursos calculados para las redes sociales. El debate público se reduce a quién gana la pulseada del día, no a cómo se gobierna un Estado con instituciones debilitadas y ciudadanos exhaustos. El espectáculo político distrae, pero no resuelve.
Mientras tanto, el sistema judicial aparece más como escenario de pugnas que como garante de justicia. Procesos que avanzan o se estancan según el clima político, sentencias que generan sospechas y una percepción generalizada de selectividad erosionan la credibilidad de la Función Judicial. El ciudadano común ya no espera justicia, sino suerte. Y cuando la justicia pierde autoridad moral, el Estado pierde uno de sus pilares fundamentales.
En lo económico, la situación es igualmente preocupante. Desempleo encubierto, informalidad creciente, endeudamiento, precarización laboral y un costo de vida que no se detiene. Sin embargo, el debate económico suele quedar reducido a cifras oficiales o anuncios optimistas que no dialogan con la realidad cotidiana. Se habla de crecimiento mientras la gente sobrevive. Se anuncian reformas mientras el bolsillo se vacía.
Estos tres frentes, político, judicial y económico, no solo conviven en crisis, sino que se alimentan mutuamente. El conflicto político bloquea decisiones económicas de largo plazo; la debilidad judicial genera inseguridad jurídica; la precariedad económica incrementa el malestar social. Pero en lugar de asumir esta interdependencia, se opta por el distractor: un escándalo reemplaza al anterior y la indignación se administra por turnos.
Las redes sociales amplifican este fenómeno. Cada polémica se convierte en tendencia, cada declaración en guerra digital. La inmediatez sepulta la reflexión. El país reacciona, pero no piensa. Y en ese estado de sobresalto permanente, se posterga la discusión de fondo: qué modelo de Estado queremos, cómo fortalecer instituciones y para quién se gobierna realmente.
Como soñar no cuesta nada, el Ecuador no necesita más distractores ni batallas estériles. Necesita lucidez, responsabilidad política y una ciudadanía menos manipulable. Porque mientras discutimos los síntomas, la enfermedad avanza. Y ningún país se salva mirando hacia otro lado cuando el problema exige mirarse de frente.










