Aulas sin autoridad, un país sin futuro
Por: Fedgar
Algo se ha roto en el sistema educativo ecuatoriano, y no es un problema menor ni coyuntural. En muchas aulas del país, el maestro ha dejado de ser autoridad y se ha convertido en una figura vulnerable, expuesta, cuestionada y, en no pocos casos, silenciada. Cuando eso ocurre, no solo fracasa la educación, se erosiona el tejido mismo de la sociedad.
Hoy el docente entra al aula con temor. No al desafío pedagógico, para lo que se formó, sino a la denuncia, al escarnio, a la desprotección institucional. Corregir puede convertirse en problema, exigir en riesgo, llamar al orden en una posible sanción. El mensaje que se ha instalado es perverso, educar puede salir caro.
La inversión de roles es evidente. El estudiante impone condiciones, el padre actúa como juez inmediato y la autoridad educativa responde con protocolos burocráticos que rara vez protegen al maestro. El Estado exige resultados, pero abandona a quien debe lograrlos. Se evalúa al docente, pero no se le respalda. Se le pide formar ciudadanos críticos, pero se le niega la posibilidad de poner límites.
No se trata de defender un modelo autoritario ni de justificar abusos del pasado. La autoridad del maestro no nace del miedo, sino del respeto. Pero el respeto no se decreta, se construye con respaldo institucional y coherencia social. Sin autoridad legítima no hay aprendizaje posible, y sin normas claras no hay convivencia.
En el Ecuador se ha confundido inclusión con permisividad, derechos con ausencia de deberes. Se ha debilitado la figura del adulto en nombre de una modernidad mal entendida. Y cuando el adulto renuncia a su rol formador, el vacío no lo llena la libertad, sino el caos.
El aula es el primer espacio donde se aprende a respetar reglas, a escuchar al otro, a aceptar la corrección. Si allí se normaliza la indisciplina y se desacredita al maestro, no debería sorprendernos la violencia, la intolerancia y el desprecio por la ley que hoy atraviesan al país. La escuela no está aislada de la sociedad, la anticipa.
Defender la autoridad del docente no es ir contra el estudiante; es defender su futuro. Un joven sin límites no es más libre, es más vulnerable. Un país que desprotege a sus maestros está formando generaciones sin referentes, sin responsabilidad y sin rumbo.
Como soñar no cuesta nada, urge rectificar. Apremia que el Estado respalde de verdad al educador, que la familia asuma su papel formador y que la sociedad deje de mirar al maestro como sospechoso permanente. Porque cuando en el aula manda el miedo y no la pedagogía, la educación deja de ser la esperanza.










